La Navidad lejos de casa: Así celebran los venezolanos en tierras lejanas

 

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Thailys Freites de Valcárcel junto a su esposo y sus dos hijos en Sudáfrica. Foto cortesía de Thailys Freites de Valcárcel.

Bajo un suave clima tropical, en la frontera con Mozambique, un país situado al sureste de África, camina en diciembre Thailys Freites de Valcárcel. Se encuentra a 1.510,48 km de su casa, en Pretoria (Sudáfrica), pero mucho más lejos de su Venezuela natal, a 11.674,65 km de Caracas, exactamente. Thailys, morena clara de cabellos rizados, se queda cada año uno o dos días hospedada en una plantación de plátanos que hay en esa zona en partes costera y en otras montañosas, con la finalidad de cortar hojas de plátano que después deberán asar, limpiar y cortar. ¿Su único objetivo? Que no falten en su mesa las tradicionales hallacas de Navidad.

Esta es la historia de los venezolanos que viven fuera del país y pasan la época más emotiva del año lejos de su cultura y sus raíces, pero que aún con el corazón hecho añicos hacen todo lo necesario para mantener sus costumbres, adquiriendo a veces otras tradiciones o llevando la suya a tierras distantes.

“En Sudáfrica cultivar plátanos es ilegal al igual que cualquier producto agrícola no autóctono. El Ministerio de Agricultura lo prohíbe para prevenir que puedan traer gusanos, hongos o bichos y contaminar sus propios cultivos. Vivo en Pretoria desde hace 14 años. Me vine buscando una mejor calidad de vida, incentivada por una amiga que estaba aquí. Me vine con mi esposo y mis dos hijos”, cuenta.

Al principio fue duro para Thailys y José, su esposo. En Sudáfrica las tradiciones son distintas, la lejanía es apoteósica y ninguno de los 11 idiomas oficiales es el español. No es difícil imaginar cómo serían las navidades.

“No es un país católico, los católicos que hay son extranjeros la mayoría, en Sudáfrica profesan otras religiones entre ellas la cristiana y otras muy distintas. No hay gaitas, ni villancicos. Acá la Navidad era bastante insignificante. Casi todo el mundo se va de viaje y la ciudad donde vivo queda desierta. Para mí, es vacaciones, pero no Navidad. Antes era más marcada la diferencia, ahora se han americanizado bastante. Se pueden comprar adornos de Navidad y cantan ‘Christmas carols’ o villancicos en algunos lugares. Yo colecciono pesebres. Desde hace cuatro años para acá celebran Halloween, pero no hay gaitas ni nada que te indique que llegó la navidad. Los cristianos que hay van a misa, pero la mayoría no montan arbolito. Toda esta carencia de ambiente festivo  en parte ha sido buena porque al no haber espíritu navideño disminuye la nostalgia”, cuenta.

Pero ni la lejanía ni las diferencias culturales opacaron el espíritu decembrino de la familia Valcárcel-Freites. Thailys, quien es psicopedagoga de profesión y da clases de español, también es amante del arte culinario, especialmente de la repostería y consigue todos los ingredientes en Pretoria, solo que ninguno de esos habitantes los usa en diciembre para la misma causa que ella. Hace pan de jamón, hallacas y todos los platos navideños y su sazón de ha hecho famoso más allá del océano Atlántico.

“Todo el año hago tortas decoradas, pero en diciembre me encargan comida tradicional navideña, especialmente los latinos que viven por aquí”, indica.

La venezolana habla inglés y entiende afrikáans. El Himno Nacional está compuesto por versos que contienen los 5 idiomas más importantes: xhosa, zulú, sesotho, afrikáans e inglés. Su hijo mayor aprendió en el colegio sesotho y afrikáans y ambos estudian francés. Aunque prácticamente se han criado en Sudáfrica (llegaron de 18 meses y 6 años) y no en Venezuela, crecieron con todas las tradiciones navideñas de su país natal. El Niño Jesús les ha dejado regalos bajo el árbol en cada Navidad.

Nada de bolívares, la moneda en Pretoria se llama rands, un dólar son 13 rands, con 30 rands se puede comprar un kilo de harina Pan, sí, allá Thailys consigue este tipo de harina: “Yo la mezclo con la precocida local y hago las hallacas de diciembre y las arepas durante el año”.

En el país donde vive está madre venezolana el 75% son personas de color y un 25% de otras razas. Ha logrado compartir sus tradiciones con los nativos y hasta algunos la acompañan a cantar villancicos y a recibir el año nuevo. La felicidad, la alegría y las tradiciones la acompañan a kilómetros de distancia, dando muestras de que cuando una cultura está arraigada no importa en qué parte del universo te encuentres.

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Ower Alexander Oberto celebra la Navidad con su esposa y amigos en Toronto, Canadá.

De Pretoria pasamos a Toronto en Canadá, donde se encuentra otro venezolano desde hace algunos años, Ower Alexander Oberto, quien también ha experimentado la nostalgia de celebrar importantes fechas alejado de su terruño.

“Como para todo maracucho las navidades son unas fechas muy importantes y por tradición las compartes con tus seres más queridos, como familia y amigos, justamente con lo que no contábamos mi esposa y yo cuando llegamos a Canadá, en enero de 2014”, recuerda con nostalgia Ower.

Los que desconocía entonces y que le alegra ahora es que muchos amigos pasaron a ser como familia, para un latino en Canadá es común unirse sentirse identificado con quienes también están lejos de su tierra.

“Aunque aún no tengo la fortuna de tener familiares acá, Dios me ha recompensado con un grupo de buenos amigos, inmigrantes desde diferentes países del mundo que también están solos en el país para celebrar estas importantes fiestas. Estos amigos se convirtieron en mi nueva familia escogida acá en Toronto. Ha sido una experiencia muy enriquecedora. He aprendido a conocer otras culturas, no solo la latinoamericana, sino también asiáticas y africanas”, reflexiona este zuliano quien se desempeña como presidente de la ONG Latinos en Positivo, una institución que trabaja en pro de las personas afectadas con el VIH en el mundo.

Llama su atención que muchos países latinoamericanos tienen también diferentes tipos de tamales, un platillo de origen indoamericano preparado generalmente a base de masa de maíz rellena de carnes, vegetales, chiles, frutas, salsas y otros ingredientes, envueltos en hojas vegetales y muy similares a las hallacas, pero con un procedimiento de elaboración muy diferente. “Me resulta muy divertido que todos los Latinos defendemos la tesis de que el mejor plato navideño es el de nuestro país de origen”, expresa Ower entre risas.

Recuerda que cuando se comió el primer tamal centroamericano no sabía que eran tan picantes y tuvo una reacción alérgica que le obstruyó la respiración y le hinchó los ojos, por lo que terminó el 24 de diciembre en Walk-in Clinic, un ambulatorio ubicado en Toronto. “Me pusieron un antialérgico y oxígeno. Cuando regresé a la casa donde estábamos reunidos todos los amigos me hacían bromas diciendo: ‘Estos venezolanos no saben comer picante”.

A pesar de haber sufrido con el frío canadiense, después de haberse criado en una tierra tan caliente como Maracaibo, se siente afortunado de pasar las navidades con una familia escogida y aprender cuan diferente pueden ser las costumbres y culturas al otro lado de nuestras fronteras.

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Gilberto González con su esposa Carolina y su hija Abril pasarán la Navidad en Connecticut, EEUU.

Si las culturas no se detienen a pesar de los océanos, cuando el cambio queda en un mismo continente los límites son mucho menos. El periodista Gilberto González pasó su primera Navidad fuera de Venezuela en el año 2014, en Miami. “Tuvimos la fortuna de vivir en la misma villa donde también tenían sus casas cuatro familias amigas, entre ellas dos de nuestros compadres, y aunque no teníamos a nuestros familiares más cercanos (padres) sí tuvimos la visita de mi cuñada y su esposo, así que fue prácticamente como estar en Maracaibo”, recuerda.

Hubo todo lo común: hallacas, ensalada y pan de jamón, entre otros. Una de las cosas que más extrañó Gilberto fue un bodegón llamado El Pozón, muy popular en Maracaibo, a donde asistía cada 24 y 31 de diciembre durante los últimos años y donde se celebran con grupos musicales las fiestas.

En 2015 fue prácticamente lo mismo, con la diferencia de que sí contó con la presencia de sus padres. “Yo me quedé en Miami con mi mamá y mi esposa y mi hija se fueron a Houston, donde vive su hermana, con sus padres. También contamos con todas las cosas típicas y la celebración fue especial”.

Este año Gilberto está en Bristol, Connecticut, donde vive ahora por su trabajo en ESPN, y tiene pensado pasar esta Navidad allá, excepto de algún cambio de última hora. “Aquí, una fría y pequeña ciudad, quizás las cosas sean diferentes, pese a que contamos con varias familias amigas, pero no todos se quedarán acá para las celebraciones. Pero ya incluso nos comimos las primeras hallacas, con ensalada de gallina y pan de jamón, así que esas costumbres se mantendrán en nuestra cena”, reflexiona.

Quizá, en medio de nieve y seguro con mucho frío, al joven periodista le tocará su tercera Navidad fuera de Venezuela, extrañando como siempre a los familiares y amigos.

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Con un poco de nostalgia, Yanivis Florian se prepara para celebrar la Navidad en Bogotá Colombia junto a su esposo e hija-

Apenas a una hora de Venezuela, en Bogotá, Colombia, Yanivis Florian experimentó más nostalgia que los entrevistados que se fueron más lejos. Ella emigró en 2014 en búsqueda de mejorar su calidad de vida. Se fue con su esposo y su pequeña hija, Eva. Sin duda una familia muy pequeña para enfrentarse sola a los retos y costumbres de una nueva vida. “aquí no hay pan de jamón, ni hallacas. Los ingredientes se consiguen en los supermercados pero muy caros y llegamos sin nada de plata. Acá se come lechona y natilla. La llamada lechona es rellena de arroz con cerdo y verduras. Un plato muy malo, por lo menos a nosotros no nos gusta”, cuenta.

Yanivis recuerda que su primera Navidad lejos de su tierra fue muy triste. Su esposo, su pequela Eva y ella estaban en el apartamento de un tío. “Él puso el arbolito y ya. No teníamos ni trabajo ni plata pero estábamos bien. El 24 nos fuimos a un cumple y el 25 a un centro comercial. El 31 la pasamos solito los tres en casita y tristes. Comimos arroz con pollo y tomamos agua de panela. Pusimos la tv y esperamos el cañonazo por el programa ‘Sábado felices. Lloramos mucho, bueno yo aún lloro mucho”, confiesa.

La joven madre y esposa venezolana asegura que añora su país como nunca y lamenta profundamente no poder ejercer su carrera de Comunicación Social allá, así como la crisis económica que atraviesa Venezuela.

“Aquí es tradición La Novena (oración rezada durante nueve días en la época previa a la Navidad. Poco a poco nos hemos dejado influenciar por estas tradiciones y recordamos con nostalgia las de Venezuela. Creo que mi país es un pasado que suieramos volver al presente. Por más que uno trate de mantener los hábitos, costumbres o tradiciones venezolanas, el día a día y el panorama te arrastra a afrontar la realidad y seguir con el modo de vivir y pensar de acá. Me duele haber dejado Venezuela y me siento más venezolana, de hecho me dicen ‘La venezolana’. Añoro la gaita, el pan de jamón y los fuegos artificiales. Aquí no saben qué es una hallaca”, explica Yanivis.

El amargo recuerdo de esas primeras fiestas fuera del país, hizo que este año decidiera llevarse a su mamá a Bogotá. “Prometimos no volver a pasar una Navidad tan triste”, asegura.

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Jescenia Dovale del Toro, junto a su esposo Iván del Toro y su hija Ivana.

En Miami, donde abundan más latinos que en cualquier otra ciudad del mundo, Jescenia Dovale y Zuheilly Afanador, dos amigas que se mudaron con sus esposos a Estados Unidos (EE UU) planean cada una pos su lado cómo hacer para pasar una Navidad sin tanta nostalgia.

“Aquí, en Miami, voy a estar al lado de mi esposo y su hija. Con ellos y con su familia, procedentes de Cuba, voy a combinar una cena que se adapte al gusto de las dos culturas. No haré hallacas porque en mi natal Venezuela las preparábamos entre todo y solo aprendí a limpiar el bijao y poner el guiso sobre la hoja. Me toca comprarlas”, señala Dovale.

Más allá de la mesa, el tradicional juego del amigo secreto no quedará de lado, aunque no es una costumbre para ellos, a la idea de intercambiar el amor, durante estas fechas de paz y reconciliación, a través de un presente, le fue dado el visto bueno.

“También voy a participar en un intercambio de regalos con mis actuales compañeros de trabajo. Es un grupo multicultural somos dos venezolanas, una argentina, una colombiana, un mexicano, una ecuatoriana, una nicaragüense y los mánager de la tienda que son hondureños. Decidir el plato que vamos a servir para la cena fue un poco más difícil, pero para no caer en controversias todos votamos por lo típico del país que nos ha abierto sus puertas: comeremos la tradicional ‘comida chatarra’, lo importante es compartir alegría”, relata.

Dovale se prepara para la nostalgia que le invadirá al no pasar la época con su mamá y hermanos, pero la tecnología reduce la sensación de lejanía. “Estaré en mi casa, con ellos, por medio de las redes, como hemos estado durante los 10 meses que llevo viviendo en el exterior”, anuncia.

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Zuheilly Afanador se apega a la idea de que está con su esposo Alfonzo y sus tres hijos (Vicky, Romina y Mathias), para contener las lágrimas que le causan la larga distancia de sus amigos y otros familiares.

A algunos kilómetros de distancia de Jescenia, pero mucho más lejos de su natal Maracaibo, Zuheilly Afanador se apega a la idea de que está con su esposo Alfonzo y sus tres hijos (Vicky, Romina y Mathias), para contener las lágrimas que le causan la larga distancia de sus amigos y otros familiares.

“Las primeras navidades fuera de tu país las vislumbras con más temores que alegrías. Esa es la verdad. Todas mis navidades, durante 34 años, fueron rodeadas de familiares, de largas noches, de muchas risas hasta ver la luz del sol. Hoy, a muchos kilómetros de mi país, espero tener una cuarta parte de esa alegría. Son mi esposo y mis tres hijos los que hoy me llevan de la mano a sentir la Navidad como el verdadero significado al sentir la unión familiar al más estricto vínculo”, expresa.

Afortunadamente, muchos amigos, en su mayoría venezolanos, ya tienen varios años aquí y han podido acoplar sus costumbres en esta tierra que, aunque no es la nativa, ha sido una de las plazas más frecuentes para los venezolanos que por unas u otras razones se han visto en la necesidad de emigrar.

“Este año no han faltado las hallacas, ni el pan de jamón, ni el jamón ahumado ni el vino. Las ausencias esta Navidad se sienten solo en el corazón, no en la mesa. Por mis hijos, y por todos los niños inmigrantes venezolanos, la Navidad no debe perder su esencia. La oportunidad que hoy Dios me presenta es de mostrar lo mejor de mi país que somos nosotros, su gente buena”, cuenta entusiasmada Zuheilly.

Para Navidad tendrá buenos amigos en casa invitados de varias naciones: cubanos, colombianos, mexicanos y guatemaltecos. Zuheilly siente el corazón alegre por poder mostrarles las tradiciones venezolanas, pero le embarga una intriga: ¿Qué pensarán cuando la vean corriendo con una maleta o buscando las lentejas a última hora y comiendo uvas con el antebrazo?

Maidolis Ramones Servet

Fotos: Cortesía de entrevistados

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