De Interés: reconciliarnos para qué (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

Los principales obstáculos de la reconciliación son el odio, resentimiento, sentirse culpable. Y es que para considerar hacer las paces con otra u otras personas con quienes previamente hubo desacuerdos, discusiones, altercados, se necesita tener verdadera disposición para bajar la guardia.

Estos casos son realmente complejos en virtud de que se involucran profundos sentimientos de resentimiento de acuerdo al evento, tiempo  y  la relación entre los involucrados. Hace falta además disposición de las partes para lograrlo, porque si no hay acuerdo para hacerlo jamás funcionará en una sola dirección.

Hay a quienes se les hace sumamente difícil siquiera llegar a considerar reconciliarse con su oponente (por llamarlo de alguna manera), ya sea porque la rabia, el dolor, no se lo permite o bien porque la otra parte se resiste al diálogo, a la concordia. También suele ocurrir que ambas partes insistan en tener la razón, ser testarudos y herméticos ante un posible acuerdo para restablecer relaciones.

Y como todas las relaciones humanas, el resentimiento suele nacer en el hogar, porque se  aprendieron conductas modeladas por los adultos donde el perdón y reconciliación no tienen cabida como modo de vida. Ceder sería un acto de debilidad, cobardía, jamás de fortaleza o valentía. Peleas entre mamá y papá, padres e hijos, hermanos, primos, familiares y hasta vecinos, como punto de partida para la discordia a asumir en posteriores relaciones o reforzar algunas de las mencionadas.

También se dan los casos en que la reconciliación se usa para utilizar a la otra parte o por algún interés particular. En estos casos la sinceridad está completamente ausente. Sólo la mezquindad hace presencia como manifestación oscura entre relaciones humanas donde impera el egoísmo, el oportunismo y hasta la avaricia.

Existen circunstancias en que debemos reconciliarnos con nosotros mismos pues ante quienes consideramos culpables de nuestras desdichas -ya sea por haber realizado acciones físicas o verbales contra nuestra integridad mental o física- es menester perdonar, por difícil que pueda parecer. Perdonar sin necesidad de estar presente con el otro, perdonar desde el silencio, perdonar para reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestro amor, para sacar de nuestra vida el dolor, la rabia, que tanto daño hace.

Especialistas en salud coinciden en las consecuencias que genera este tipo de comportamiento en el organismo de las personas. Alguien resentido, testarudo, rabioso, camina irremediablemente hacia enfermedades generadas por su temperamento. Se afecta la tensión arterial, los procesos gástricos, se generan dolores de cabeza, palpitaciones. Se cultivan enfermedades muchas veces irreversibles.

El primer paso es aprender a perdonar en primera persona, perdonar los propios errores, las equivocaciones, tratar de entendernos como seres volubles ante los diferentes eventos de la vida. Algo como mirarse ante un espejo sin sentirnos culpables, malas o buenas personas, poderosos o débiles, sencillamente como seres humanos aprendiendo a vivir con otros seres humanos con quienes coincidimos o no ante determinadas circunstancias.

En segundo término aceptar que actitudes, comportamientos negativos, sólo impedirán ser felices. Tener disposición a bajar la guardia para disminuir el estrés sin sentimientos de culpa, odio, prepotencia, que sólo obstaculizan restablecer relaciones con sinceridad, con perdón y disposición de buscar la verdadera paz.

A veces los detonantes de conflictos que hacen aparentemente irreconciliables a las personas, sea su relación familiar o no, nacen de causas alejadas de ese conflicto. Discusiones por determinadas situaciones suelen tener raíces viejas, resentimientos por conductas contraproducentes, por irrespeto, por oportunismo, deslealtades que pueden generar más deslealtades, en fin, todas esas conductas que producen dolor, rabia o desagrado, que como gota sobre la piedra va abriendo paso hasta atravesarla. Casos en lo que hace falta mucho amor, compasión, disponibilidad, para reconciliarse, perdonar de corazón aún sin necesidad de estar con el otro, sólo sentirlo de verdad para liberarse, para estar bien.

María Elena Araujo Torres

 

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