La ilusión de Moisés El Mago (Video)

Moisés Villalobos se enamoró de la magia a los 14 años y desde entonces vive para hacer trucos. Foto: David Contreras

Moisés Villalobos se enamoró de la magia a los 14 años y desde entonces vive para hacer trucos. Foto: David Contreras

El libro lo llamó. Fue como si el conejo que sostenía una varita en la portada le hubiese hecho un guiño y el mazo de cartas coronado por un dos de pica lo hipnotizara.

Tenía 15 años y fue a casa de un amigo a hacer un trabajo para el colegio. Pero cuando aquel manual de Jon Day que llevaba por título “Vamos a hacer magia” robó su atención, olvidó por completo la razón de su visita.

Al abrir sus páginas, ocurrió un hechizo. Pasó un capítulo tras otro, fascinado con aquel mundo que apenas se asomaba ante él. Y olvidó que había ido a hacer un trabajo escolar.

Regla no. 1: No te precipites, practica hasta que el truco salga perfecto

Moisés Villalobos llegó al colegio con el libro de magia en su morral, un pañuelo y diez paquetes de cartas recién comprados con los que fabricó todos los trucos que aprendió la noche anterior.

La sonrisa no escapaba de su rostro y su mente estaba lejos de las fórmulas matemáticas que explicaba la mujer frente al pizarrón. Envalentonado y ansioso por mostrar sus nuevas habilidades, trató de desaparecer el pañuelo frente a su profesora.

El pedazo de tela nunca desapareció. Terminó en el piso antes de terminar su primer espectáculo. Los aplausos que esperaba se convirtieron en una carcajada unánime.

Pero Moisés, el mago novato, aprendió la lección. Desde entonces, lo empezaron a llamar “el misterioso”. Nadie sabía nunca qué escondía en el bolsillo o qué sería lo siguiente en desaparecer.

Regla no. 2: Nunca anticipes lo que vas a hacer a continuación

En la universidad los aires misteriosos no abandonaron a Moisés. No dejó de hacer aparecer monedas y pelotas de la nada en medio de una aburrida clase. Y la gente lo seguía mirando extraño.

Un par de veces lo sancionaron por hacer magia en los pasillos. Comenzaba siempre haciendo trucos para unos pocos amigos y, poco a poco, los curiosos se sumaban al espectáculo hasta reunir una multitud.

La tercera vez que el personal de seguridad ahuyentó al público de uno de sus espontáneos shows, lo hicieron firmar un libro donde se comprometía a no hacer más magia dentro de las instalaciones de la universidad, o sería expulsado.

Tres años después, con un título de contador bajo el brazo, la misma casa de estudio que, al igual que la edad media lo persiguió y castigó por hacer magia, lo invitó a hacer un show dentro de sus dominios.

—Cuando llegué, me sentí increíble. Pensé: “¡Guao! Qué tremendo que un día tú estés en la universidad, haciendo magia en los pasillos, sin imaginar que en unos años vas a ser un mago exitoso”. Verme ahí, entrando por la puerta grande, haciendo magia sin que nadie fuera a regañarme, fue una experiencia muy bonita.

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Regla no. 3: Nunca repitas un truco

Un día un amigo de Moisés lo invitó a un servicio en la iglesia evangélica que frecuentaba. Cuando llegó, su compañero lo presentó como “el chamo que hace magia”. Ante semejante introducción tuvo que hacer una demostración. Sacó su paquete de cartas y pelotas y dio rienda suelta a su corto repertorio.

—Chamo, lo que vos hacéis es bueno. Pero, ¿por qué no utilizas la magia para mostrar lo que Dios está haciendo en tu vida? —le preguntó un día el pastor de jóvenes, impresionado por su talento.

Días después, la oportunidad para darle ese giro a su pasatiempo se presentó casi como una obra divina. En medio de los preparativos de un amanecer juvenil, organizado por la iglesia, le preguntaron si quería hacer un espectáculo. Pero al novel mago la noticia le cayó como un balde de agua fría. La emoción se peleaba con el pánico que le producía saber que actuaría frente a más de 300 personas. Los shows en los pasillos de colegio y, más tarde, en la universidad seguían guardando el aire de juego e intimidad que abarcaba su zona de confort.

Esto era otra cosa. Estaría sobre un escenario, habría luces y sonido… Podría convertirse en su primer éxito o en su primer estrepitoso fracaso.

—Para ese momento, yo nada más trabajaba con cartas, pelotas y conejos. Nunca había hecho un gran evento. No tenía equipos, ni nombre artístico. Así que hablé con mi mamá y le planteé la situación. Ella se ofreció a prestarme algo de dinero para comprar algunas cosas que usaría en la presentación porque sabíamos que a un público tan grande no se le podía entretener con un manojo de cartas. Además, los que me conocían ya habían visto todos mis trucos.

Mientras Moisés perseguía sin descanso su afán de ser mago profesional, un joven desistía de alcanzar el mismo objetivo. Así que este personaje, como un emisario del destino, apareció para venderle su arsenal al principiante que aún persistía en su sueño.

Solo quedaba un asunto más que resolver: el miedo escénico de Moisés.

—¿Ponerme a hacer magia delante de desconocidos? ¡Eso me aterraba! Pensaba: “¿y si me equivoco?, ¿si cometo un error…?”. Pero poco a poco fui aprendiendo. Comencé teatro en la iglesia para perder el miedo escénico. Allí empecé a soltarme un poco, a agarrar más seguridad y confianza en mí mismo.

Llegó el día y las luces se apagaron para recibir por primera vez a Moisés “El Mago”. Emocionado, subió las escaleras al escenario y, tras fallar un escalón, cayó estrepitosamente al suelo. Su sombrero voló y con él todos los pañuelos que escondía adentro.

Miró al público silente. Y se dio cuenta de que la oscuridad había sido su cómplice. Así que se levantó, sonrió y siguió adelante. Aunque sus nervios eran intensos, los asistentes no notaron el temblor de sus pies y los acelerados latidos de su corazón.  Allí, sobre ese escenario, descubrió que era bueno en lo que hacía.

Regla no. 4: Nunca reveles tus secretos

Su hermana Andrea confiesa que Moisés a veces es un poco fastidioso. Que cuando está trabajando en un truco no puede dejar de buscar espectadores que lo aprecien. Que siempre insiste en que ser mago es mucho más que entretener y que es especialmente atento con los niños.

Todos en casa, incluyéndola a ella, saben que el cuarto de Moisés es una zona prohibida a la que solo él tiene acceso. Allí guarda todos sus secretos.

Igual, a todos les da miedo entrar. No vaya a ser que una paloma salga volando.

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Regla no. 5: Cree en la magia

A partir de aquel primer show multitudinario, Moisés “El Mago” comenzó a darse a conocer dentro de la comunidad cristiana y en los barrios donde se presentaba gratuitamente por iniciativa de la iglesia. Frente a esos niños que nunca habían estado cerca de la magia, creció como mago y como persona. Fue mejorando su rutina y perfeccionando sus trucos. Pero también entendió las profundas carencias que se podían sufrir y aun así ser feliz con una efímera ilusión.

Un  día, después de hacer una demostración en su iglesia, una mujer se le acercó para decirle con preocupación que eso de “hacer magia no era de Dios”. Eso provocó en él un aluvión de dudas y cuestionamientos.

Ante la inquietud, buscó la opinión de su pastor. Al escuchar semejante acusación, éste se puso las manos en la cabeza y le aseguró: “Dios puede hacer grandes cosas a través de tu talento. No te detengas. Si Dios te dio ese don, tienes que sacarle provecho”.

Al ver la sonrisa inagotable que permanece en los niños cada vez que termina un show, Moisés entendió que, probablemente, su pastor tiene razón. La magia a lo mejor es solo cuestión de fe.

Regla no. 6: Sé tú mismo siempre

Moisés ha sido, gran parte de su vida, un mago autodidacta. Durante los primeros años, sus mayores maestros fueron los dvd’s y los libros de magia. La escasa relación que ha forjado con los demás veteranos del oficio inició en las pocas reuniones de magos profesionales que ha asistido. Allí se comparten ideas y se habla sobre magia.

El Mago Javi fue el primero en abrirle las puertas de su casa para aprender algunos artificios.  El conocido Juan Drake le ayudó a desechar los trucos de poca monta de su repertorio y a construir un show mucho más sólido. Marcel “El Grande” le dio consejos extraordinarios sobre ambiente y ritmo.

Así fue como, sin darse cuenta, empezó a tomar de varios magos detalles y estilos, al punto de  convertirse en una mezcla acléctica de todos los que había conocido. Hasta que se vio al espejo y no se reconoció a sí mismo.  Desde entonces, se enfocó en ser fiel a su propia identidad. En ser ese mago con clase y misterioso que aspira ser. Sin esconderse detrás de frases con doble sentido o blandiendo la espada del humor malintencionado. Prefiere que el público vea magia y no comedia.

Desde la sala de su casa, vestido con un pantalon beige y una camisa vinotinto minusiosamente planchada, Moisés coloca una mano abierta, con la palma hacia arriba, a la altura de su ombligo, y la otra con la palma hacia abajo junto a su pecho. En medio de ambas, como sostenida por una energía invisible que sale de sus dedos, flota un 7 de trébol.

—Las manos son más rápidas que la vista —dice antes de hacerla desaparecer.

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Estefanía Reyes

Fotos: David Contreras 

Noticia al Día

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