Catuche, la prueba de que la paz no es una utopía

Foto: Centro Gumilla

Foto: Centro Gumilla

La luz de un encendedor anuncia el preludio de la muerte. Luego, el zumbido de las balas estremece la piel. Más tarde, un silencio sepulcral ahoga las calles serpenteantes, mientras los cuerpos tendidos en el cemento aún se mantienen calientes. Por último, el llanto de una madre que ya ha perdido dos hijos rompe el silencio.

—¡Ya basta! —gritó la mujer. Y hasta los muertos se sacudieron.

En 2007, las madres de Catuche, un barrio de Caracas dividido por una línea inquebrantable, se cansaron de llorar sobre los cadáveres de sus hijos. Así que, con algo de temor pero mucha determinación, se atrevieron a cruzar la línea que separa el sector La Quinta y El Portillo.

Del otro lado, encontraron unas mujeres iguales a ellas: de luto y llenas de dolor.

En ese primer encuentro, las madres de La Pastora aguardaban desde una esquina y las de El Portillo en el lado opuesto del salón. Se miraban unas a otras sin saber muy bien qué hacer hasta que una valiente dio un paso al frente y exclamó a viva voz: ¡Gracias, Dios mío, por este momento! ¡Toma el control de este lugar!

Las palabras de la mujer obraron como un conjuro que hizo a Joidy Medina levantarse y caminar al otro lado, justo donde estaba la madre del joven que había matado a su hijo.

—Yo sé que tú conoces mi dolor —le dijo— y no sabemos por qué pasan las cosas. Pero lo que sí sé es que no queremos vivir más así y yo de mi parte haré todo lo posible.

Luego de aquella muestra de empatía, todas las mujeres que antes formaban dos bandos, se intercalaron. Una a una, se tomaron de las manos y oraron. Desde entonces, en Catuche no se ha escuchado una bala más.

El siguiente paso para conseguir la paz, después de aquel primer encuentro, fue crear dos comisiones: una por cada sector. Éstas se encargaban de velar por las normas de convivencia que ellos mismos establecieron:

  • El que rompa el acuerdo tres veces se denuncia a la policía.
  • No se pueden traer extraños al barrio.
  • No se pueden prender encendedores en la calle (la señal de abrir fuego).

De manera independiente, cada comisión se reunía una vez a la semana. Y ambas hacían lo propio cada quince días. Allí conversaban sobre cualquier eventualidad, proponían jornadas de limpieza, alumbrado, entre otras actividades más.

Pero las madres de Catuche no habrían podido llegar a ese punto solas. Desde los años 80, la institución Fe y Alegría se sumergió en esa agresiva y deprimida comunidad para tratar de disminuir los altísimos índices de violencia.

Doris Barreto, trabajadora social de la organización Fe y Alegría, también tiene una historia que contar sobre Catuche. Ella legó al sector en los años 90, enviada por el sacerdote jesuita y hoy rector de la Universidad Católica Andrés Bello, Francisco José Virtuoso.

Desde entonces, Doris maneja la sede de la organización en este barrio de La Pastora y ha sido una de los principales pilares de este tratado de paz.

Además, las madres y los jóvenes de Catuche han recibido el acompañamiento de psicólogos de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab) y de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Todos ellos fueron galardonados por la embajada de Canadá en Venezuela por su trabajo de pacificación y acompañamiento a una comunidad que por mucho tiempo estuvo marcada por la sangre y la violencia.

Yanara Tovar es una de las madres líderes del sistema de pacificación en Catuche

Yanara Tovar es una de las madres líderes del sistema de pacificación en Catuche. Foto: BBC Mundo

—El diálogo es lo mejor —da fe Yanara Tovar, una de las madres—. A nosotros nos resultó y ellos también pusieron la constancia de su parte. En ningún momento —luego del pacto— tuvimos que acudir al ente policial. No fue necesario.

—Cuando ocurría algo —cuenta Joidy—, nos reuníamos y decíamos: “mira, fulanito de tal rompió la regla”. Entonces lo llamábamos y le decíamos: “mira, ven acá ¿por qué lo hiciste?”. Cuando no había motivos o cuando no tenía justificación, bajaba la cara.

La lógica de Catuche sustituyó la venganza por el diálogo y, hasta ahora, es la única comunidad en Venezuela que se ha organizado de manera autónoma (sin intervención del Estado) para crear un sistema propio de pacificación.

La justicia se ha redefinido en ese barrio donde conviven 10 mil personas que ahora son una inspiración para un país sumergido en la desesperanza y el odio debido a la violencia y el miedo.

Ojalá oigamos gritar “¡basta!” en cada barrio de Venezuela. Ojalá, no escuchemos a otra madre llorar.

Desde hace 10 años, en Catuche ha una tregua de paz. Foto: BBC Mundo

Desde hace 10 años, en Catuche hay una tregua de paz. Foto: BBC Mundo

Estefanía Reyes

Noticia al Día

No olvides compartir en >>


á