Antonio, el sacristán de la Basílica: “Una vez vi a un hombre con capucha, dicen que es el alma de un sacerdote”

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Antonio Boscán le reza un rosario todos los días a la Chinita desde hace tres décadas. Foto: José López.

¿Quién se encarga de ordenar y mantener limpias las sotanas del padre Eleuterio? ¿Quién ordena los libros sagrados que se leen en la Eucaristía? ¿Cómo llega el vino a las vinajeras? ¿Quién coloca las hostias en los vasos sagrados? Son curiosidades que alguna vez han pasado por la mente de los feligreses que asisten a la Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá en Maracaibo.

Nadie se imagina al párroco Eleuterio Cuevas trajinando antes de la misa buscando a ver dónde dejó la sotana, cuál se pone, sacando las hostias y echándolas en el recipiente destinado para tal fin y conocido por el copó o cargando la Biblica y los demás libros litúrgicos. En cierta forma está bien que no se lo imaginen porque no es Eleuterio precisamente quien que se encarga de eso. Detrás de todo sacerdote existe una figura especialmente comprometida: el sacristán.

Antonio Ocando cuenta con 46 años, 34 de los cuales los ha dedicado en cuerpo y alma al servicio consagrado en la Basílica, el centro de oración de todo católico zuliano.

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Detrás de todo sacerdote existe una figura especialmente comprometida: el sacristán. En la Basílica es Antonio.

“Desde los 16 años soy servidor de María y hace 14 me desempeñó como sacristán de la Basílica. Tengo dos hijos, pero si hubiese sabido lo fascinante que era el mundo sacerdotal y mi vocación sería padre también”, cuenta.

Sus nobles ojos, abundante bigote, pobladas cejas y silenciosa figura recorren con cautela el templo más concurrido de la región, el mismo que alberga con recelo la milagrosa tablita con la imagen de La Chinita.

“Vivo en La Victoria. Me levanto a las 3:00 de la mañana y le rezo al Jesús de la Misericordia, luego me baño y a las 5:00 am. salgo para la Basílica. Aquí estoy todo el día, hasta las 3:00 de la tarde. Estoy pendiente de todo lo del padre Eleuterio y de los sacerdotes que visitan a La Chiquinquirá. A la Virgen le rezo un rosario todos los días”, explica.

Antonio porta un uniforme de camisa azul que lo identifica. Solo acompañado por el silencio que se siente cuando la Basílica cierra sus puertas el esmerado sacristán organiza la vestimenta que debe usar el párroco: “Son muchos accesorios. Creo que cien en cada categoría. La casulla es la vestidura que se pone sobre las demás prendas. Consiste en una pieza alargada con una abertura en el centro para pasar la cabeza. Se usan en diferentes colores”, señala.

Con más de tres décadas dedicadas a la vida puerta adentro de las iglesias el sacristán  es experto en explicar que el blanco representa las fiestas y solemnidades, verde se utiliza en tiempo ordinario, rojo para celebraciones de mártires y misas especiales de santos, morado para Semana Santa y cuaresma, así como para la misa de difuntos.

“Ahorita el padre Eleuterio mandó a hacer 100 blancas con bordes dorados y el logo de la Virgen para las fiestas patronales de La Chinita que se avecinan”, indica.

El párroco de la Basílica se encuentra ahorita en Roma, llevando la réplica de La Chiquinquirá al San Pontífice, pero Antonio no tiene menos trabajo por ello. “Me encargo de todos los sacerdotes que vienen, de sus utensilios y de sus vestimentas”.

antoniocalis2Como para dar fe de que el sacristán no miente, el padre Engelberth Jackson lo interrumpe: “Antonio, ya voy a salir a la misa que te comenté. ¿Me hiciste la maleta? Calculo que necesitaré unas 50 hostias”, le dice.

El diligente hombre se apresura. Abre gabetas, las cierra, saca botellas de vino y agua, llena las vinajeras, cuenta las hostias que guarda en el sagrado copón, empaca con cuidado el corporal (pieza cuadrada de tela sobre la que descansa la Eucaristía), dobla manutergio (toallita para secarse las manos) y verifica el brillo de la patena (plato redondo donde se coloca la sagrada hostia).

En tantos años, los misterios de la Basílica no han sido negados al fiel servidor: “Cuando la iglesia está sola he visto a un hombre. Una vez creí que era alguien que se quedó adentro porque estaba por el área del coro, pero me asomé y se pasó al campanario. No le vi la cara porque tenía una capucha. El padre Lucio Rivas, bizcario de aquí me dijo que él también lo había visto. Tengo entendido que es el alma de un sacerdote que pasó por aquí”, asegura Antonio.

En sus años de servicio ha sido testigo de milagros, de promesas cumplidas y de la eterna devoción de la grey zuliana a su santa Patrona. Artistas, deportistas y reinas de belleza se han paseado por el sagrado templo a llevar su agradecimiento. “Daniel Sarcos donó el manto de La Dolorosa”, rememora.

Antonio está convencido de que no hay mayor dicha que el servir a Dios y atender a sus fieles. “Creo que la devoción que los zulianos y turistas le brindan a La Chinita es una retribución al amor de madre que ella nos profesa”, reflexiona mientras se prepara para el inicio de las ferias de la Virgen del Chiquinquirá, donde tiene pautado atender entre seis y siete sacerdotes visitantes, más los grupos de apostolado y el obispado. “Paciencia, fe y amor, por eso rezo todos los días”, sentencia el sacristán de la Basílica.

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La Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá en Maracaibo es el templo más concurrido de la región.

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Las copas sagradas son organizadas especialmente por el sacristán.

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Antes de cualquier eucaristía es Antonio quien guarda las hostias que se emplearán.

 

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Fotos: José López

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