Maracaibo es un lienzo: La historia de los grafiteros que la han convertido en una galería urbana

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Okso y Garez, dos grafiteros que con su estilo particular han hecho renacer la ciudad. Foto: David Contreras

Ayer, la fachada de la casa del señor Jean Carlos Mosquera se mimetizaba con esa parte de la ciudad donde los años han cobrado sus deudas y los elementos han hecho de las suyas sin que nadie opusiera resistencia. Hoy, un hombre jorobado que va arrastrando su carreta mira con sorpresa por unos segundos. Una mujer con treinta y tantos gira su cabeza con curiosidad. Y un chofer se asoma desde la ventana de su “por puesto” confirmando que algo cambió.

En la fachada de la casa del señor Jean Carlos se encuentran en un mismo vértice las obras de Okso y Garez, dos grafiteros que han convertido la ciudad en su propia galería de arte. La elección de aquel muro no es casual. Okso es un caraqueño que ha descubierto en Maracaibo los restos de una arquitectura colonial mucho más especial que las impersonales paredes de la capital. Y tiene un buen ojo para elegir los lienzos sobre los cuales pintar a su característica vaquita azul.

—Todo empezó a raíz de mis hermanos, que tenían un crew grafitero a mediados de los 80, llamado “Los 10tros” —explica Okso mientras acciona una lata que escupe fogonazos de rosado— Por ellos comenzó mi curiosidad por el graffiti.  En la casa siempre hubo como un aire artesanal. Cuando era joven, mi papá trabajaba haciendo piñatas. A pesar de que estudió arte, nunca se dedicó a ser artista. Mi abuela también pintaba y hacía manualidades.

Okso estudió en la Escuela Técnica de Artes Visuales Cristóbal Rojas. Allí, los profesores lo incitaron a buscar un concepto para aquellos rayones que ya llevaba tiempo pintando en las calles. A encontrar el porqué que le diera sentido a sus piezas.

img_8695—En ese momento se hablaba mucho de las vacas locas. Entonces decidí trabajar con una metáfora que representaba el canibalismo social, con la idea de que las vacas se contaminaron por culpa de alguien que estaba más arriba —eran los mismos granjeros que le daban de comer piensos enriquecidos con carne de oveja.

Para Okso, el trabajo que tituló “Somos lo que comemos” era una rebelión contra las directrices que una sociedad llena de estereotipos y prejuicios nos inculca desde niños: las manzanas son rojas. Las casas, cuadradas. Las medidas perfectas, 90-60-90…

Cuando su mundo, estereotípicamente preconcebido, chocó de frente con la apertura de los diferentes paradigmas que le presentó la educación formal de las artes, se dio cuenta de que una casa puede ser redonda y que una manzana, a la luz de la noche, puede verse azul.

Para el momento en que Okso estaba tratando de encontrar su estilo, las paredes de Caracas estaban saciadas de graffitis tipográficos. Todo el mundo hacía tags, bombas y 3Ds. Las tendencias tradicionales nacidas en el extranjero eran adoptadas por los locales sin aportar nada nuevo. Okso se daba cuenta de eso y no quería dejarse llevar por la corriente.

—En Venezuela, no hay una caligrafía propia, no hay un estilo propio. Mientras, vemos que en Brasil, por ejemplo, tienen su estilo de caligrafía. Aquí la gente lo que hace es imitar. Las piezas todas son muy parecidas a lo que se ve afuera. Yo estaba muy fastidiado de eso y dije que no quería hacer más letras. Quería que mi trabajo fuera reconocido por algo icónico.

Las ornamentales y enrevesadas letras, comunes en todo el mundo, forman un lenguaje propio para los grafiteros pero, fuera de esa subcultura urbana, pocos son capaces de entender esos códigos. Por eso, para sus obras, Okso quería algo más. Buscaba que sus significados fueran universales, que su personaje creara un vínculo entre el ciudadano y su propio patrimonio.

Bajo esa nueva apertura nació Cleta, una vaca caricaturizada de color azul que ha cobrado mil formas y roles en las paredes de más de una docena de ciudades. Un animal que se burla de las contradicciones y paradojas de la sociedad venezolana.

—Cleta es ahora como mi hija. Tengo que darle los cuidados respectivos. Tengo que pagar los materiales, tengo que cuidar que no le hagan daño.

La elección de humanizar a una vaca y convertirla en un personaje tan irreverente como Cleta refleja también el profundo respeto que Okso siente por los animales. Cleta bien pudo ser un chigüire o una gata. Cleta representa a todos los animales y protesta contra el salvajismo y la crueldad de la que muchas veces son objeto.

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Las obras de Okso están impregnadas de ironía y sátira social

—El espacio te habla. A veces voy pasando y veo un cajón en una fachada abandonada y es demasiado fino porque nadie le presta atención pero, al ver eso, de una vez lo que se me ocurrió fue un televisor.

Así fue como Okso terminó añadiéndole un toque de sátira política a una cleta que, con cara de turbación, ofrece un discurso desde la pantalla de un televisor.

Okso no trabaja solo, en Maracaibo, además de paredes muy fotogénicas, también encontró un aliado con un estilo tan particular y notorio como el suyo. Juntos han formado una especie de crew que ha invadido la ciudad con obras que todos los días la gente comparte en Instagram.

Las líneas líquidas de Garez

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A sus 27 años, los ingenuos tags que Garez hacía en la clandestinidad se han convertido en sofisticadas líneas orgánicas. Foto: David Contreras

Una mascarilla que utiliza para protegerse del olor de la pintura y unos jeans manchados completan el traje que separa al diseñador del artista callejero. Artista con todas sus letras porque su familia, después de años de regaños y miradas reprobatorias, ya entiende que lo que él hace sobre las paredes más desvencijadas de la ciudad es digno de un museo contemporáneo.

—Yo iba a ser ingeniero… cualquier vaina. Pero a los 13 años empecé a patinar y a partir de ahí me fui acercando al graffiti —cuenta el joven marabino que desde entonces se apodó Garez.

Ahora tiene 27 años y los ingenuos tags que hacía en la clandestinidad han madurado lo suficiente para convertirse en unas líneas orgánicas a las que él describe como un “trazo líquido”. Sus colores reflejan los atardeceres más brillantes del trópico y te transportan a los 90, en esos días cuando los niños usaban franelas teñidas y coleccionaban trolls con cabellos de colores fosforescentes.

Antes, ilustraba insectos y personajes, pero desde que se volvió adicto al mar su línea creativa cambió. En aquellos días que pasaba acampando y despertando frente a la orilla, la tabla de surf lo invocaba hasta que empezó dominarla. Su pluma también cobró vida propia y empezó a trazar bocetos de playas y palmeras. Uno de ellos se convirtió en su cuadro favorito y desde entonces no ha parado de llevar el Caribe a todos lados.

Mientras Garez se agacha para cambiar las boquillas de sus sprays con el fin de lograr el grosor que busca, un hombre mira el trabajo que va tomando forma en la pared y asiente con rudeza. “Si no es así, la gente no pintara sus casas”, dice con fuerza.

Para la ciudad las firmas de Okso y Garez ya son familiares. Se las encuentran en una esquina transitada, en un estacionamiento recóndito, en una casa en ruinas. Gracias a ellos, la gente ha vuelto la vista a espacios con increíble valor arquitectónico a los que el tiempo y el abandono habían robado su resplandor.

Con solo un poco de color aquí y allá, han hecho renacer la ciudad.

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Estefanía Reyes

Fotos: David Contreras 

Noticia al Día 

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