La ciudad noctámbula: la vida pasada de los bares marabinos

Paco (1)En Maracaibo había bares de bares. Había botiquines y tugurios. Había establecimientos mucho más respetables. Había sitios de encuentro para intelectuales. Había otros donde adecos y copeyanos discutían entre trago y trago. Había garitos donde solo se hablaba en jerga marxista. Había una vibra distinta que nos invadía cuando se escondía el sol, cuando iniciaba la guardia nocturna, cuando había suficiente tiempo para aflojarse las corbatas y conversar a viva voz sobre los temas más insubstanciales o más trascendentes.

Casa Paco, fundado en 1968 por el asturiano Paco Perea, es recordado como el lugar donde solían reunirse reconocidos dirigentes políticos de Acción Democrática y Copei. Además, era el sitio predilecto de los aficionados a la peña taurina. Vinicio Díaz, periodista y cronista zuliano, explica que se estableció una relación espontánea entre las corridas de toros y Casa Paco, por ser el más reconocido (o quizás único) local de españoles en los años 70. Allí, la gente iba a celebrar las orejas, los rabos e incluso, el propio Paco cuenta que famosos como El “Palomo” Linares y El Cordobés lo visitaron para festejar sus triunfos.

Casa Paco también se convirtió en un germinadero de estrellas. Allí se foguearon frente al micrófono Alfredo Alejandro (el segundo venezolano que ganó en el Festival OTI), Roberto Antonio, Wilfredo Vargas, Leobaldo Díaz, Karolina con K y Ricardo Montaner, de quienes Paco se considera “padrino artístico”.

“Nosotros hacíamos espectáculos todas las semanas, de lunes a sábado. Y todos los artistas que iniciaron aquí su carrera se sienten muy agradecidos de la oportunidad que le dimos”, cuenta su fundador.

Atendido por el griego-venezolano Ricardo Amiel, el Stu Ricardo era el lugar preferido de la bohemia. Allí se reunían pintores como Paco Hunt, poetas, músicos, intelectuales, locos y amantes de la vida. Canciones de jazz y música francesa se escuchaban desde una rocola que poco descansaba.

Incontables litros de cerveza, whisky escocés y ron se derramaron en la barra de Los Abedules. Este bar con talante popular donde profesores universitarios, escritores y periodistas solían brindar en la penumbra, era regentado por Cruz, mejor conocida entre trago y trago como Crucecita, una mujer colombiana quien con infinita paciencia toleró muchas cosas, según cuenta Díaz.

Allí solían asomarse Alberto Añez, Blas Perozo Naveda, Jovito Rodríguez, Javi Sánchez, entre muchos otros que a veces no descansaban su codo hasta ver el sol. Solían ir políticos dirigentes de izquierda pero era raro ver gente de Copei o de AD. Se hablaba tanto que la música siempre ocupaba un segundo plano. La misma Crucecita grababa los eclécticos casetes que combinaban música popular colombiana, baladas y gaita.

“Cuando cobraba intensidad el alcohol —cuanta Díaz —, las voces se elevaban y las discusiones tomaban fuerza. Las mamadera de gallo era recurrente en ese bar, a pesar de que reinaba un ambiente muy amigable”.

Allí podías encontrar personajes interesantes capaces de conversar sobre los temas más extravagantes. Dentro de esas descuidadas paredes se fraguaron singulares y atrevidas discusiones entre los adeptos al “maracuchismo leninismo”, un movimiento bautizado así por escritores y artistas plásticos de izquierda que querían marcar una pauta en la literatura, la pintura y el teatro zuliano.

En el Stu Ricardo, en Casa Paco, en los Abedules, en Cambuleto… en todos estos lugares se cerraron pactos, nacieron y se rompieron amistades, se hicieron miles de apuestas al torero más osado, se formaron alianzas políticas y se discutieron asuntos de Estado.  En todos se contaron muchas mentiras y bastantes verdades.

Estefanía Reyes

Foto: José López 

Noticia al Día

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