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De Interés: ¿Quién tiene la razón? (María Elena Araujo Torres)

Mami2 De Interés: ¿Quién tiene la razón? (María Elena Araujo Torres)

María Elena Araujo Torres

Muchas personas están convencidas de que siempre tienen la razón, en cualquier circunstancia que se les presente, sobre todo cuando existen divergencias de criterios y opiniones con otra persona o grupo. Esta actitud los convierte en fanáticos o tercos, personas que ni aún demostrándoles lo contrario a su forma de pensar o creer, ceden en lo más mínimo para reconocer que nadie tiene la verdad absoluta.
Esta situación se presenta desde los casos más simples de discusiones cotidianas hasta situaciones que pueden hacer entrar en conflicto a naciones y detonar lamentables guerras. Parece que tener la razón nos hace sentir poderosos, inteligentes, fuertes y superior al resto de los mortales.
Cuando dos niños discuten porque uno le quito a otro el juguete y no se lo quiere devolver es uno de los más simples ejemplos de esta situación. Ambos lloran, patalean y hasta gritan acusando al otro de ser el culpable. A veces uno llora y el otro calla, se muestra dominando la situación. Todo depende del apoyo que le brinden los adultos a su alrededor. Sin embargo, tienen la gran ventaja de ser niños, muchas veces hacen estresar a los adultos con sus peleas y al rato juegan nuevamente como si nada hubiera ocurrido.
Mientras que los adultos suelen enfurecerse, gritarse improperios y hasta propinarse agresiones físicas, sintiendo que así demuestran tener la razón en el punto de vista que discuten. Y lo triste que muchas veces ninguna de las partes tiene la razón absoluta. Ambos tienen su propia verdad que no es la del otro. Sólo tienen puntos de vista diferente.
Así encontramos que en el hogar, la señora discute con el marido porque llegó tarde y no cumplió con su promesa de salir con la familia a cenar, mientras que el esposo mantuvo una lucha titánica con compromisos laborales de última hora, que de no cumplir sencillamente podría perder un buen contrato. Ambos tienen razón, pero en vez de discutir la situación de manera sensata se enfrascan en defender su propio punto de vista, sin tomar en cuenta que ambos razonamientos no son paralelos y se cruzan en puntos de coincidencia, donde no se trata de quien es culpable o no, sino de que cada uno defiende sus popios intereses sin considerar las necesidades y criterios del otro.
En la religión como en la política suele ocurrir lo mismo pero en mayores dimensiones. Por eso es que muchos recomiendan no hablar de esos asuntos cuando se entablan conversaciones de amistad o actividades laborales que involucren a personas con diferentes criterios claramente demarcados. De lo contrario, si en ambas partes se ubican fanáticos de su propia religión o ideología política, jamás cederan en reconocer las ventajas y desventajas de ambos, las coincidencias y divergencias, las diferencias y coindencias. Lo más probable es que se desaten conflictos donde cada quien defiende tener razón, cuando está demostrado que nadie tiene la verdad absoluta en las citadas materias. Y contrariamente a lo que ambos puedan creer, pueden tener bastantes coincidencias que de tratar con consideración y sin fanatismo o terquedad, sería el inicio de una sensata relación, donde cada quien respete el punto de vista del otro sin querer avasallarlo ni atropellarlo.
Los adultos nos jactamos de ser adultos. Sin embargo, al contemplar las relaciones entre los niños observamos mayor sensatez cuando producto de sus juegos entran en conflictos y luego se reconcilian sin odios ni resentimientos. Y lo más importante, ni siquiera insisten en continuar la disputa de querer tener la razón. Entendieron en su sabiduría que ambos tenían la razón al defender sus puntos de vista pero que pueden seguir jugando y disfrutando de hermosos momentos sin perder el tiempo en demostrar ser más poderoso, fuerte o superior al otro.

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