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¿Hubieron o hubo?

GT 17ene13 ¿Hubieron o hubo?

Crecí entre mujeres ingeniosas e inteligentes, pero no muchas de ellas tenían estudios más allá de la secundaria. Así que las únicas profesionales que tuve muy cerca fueron las maestras. Y eso quería yo ser cuando pensaba en quién ser. No encontraba mejor que la de quienes nos enseñaron gramática, geografía y aritmética. Mujeres no siempre guapas: una o dos de entre las diez que formaban la plantilla de profesoras, pero, siempre autosuficientes. Andaban en autobús o caminaban solas a su casa, cobraban un salario y tenían entre las manos y la cabeza todos los conocimientos que podían imaginar unas niñas fantasiosas.

Tuve desde entonces una amiga inquieta que no deja de serlo y con la que compartí el gusto por la gramática como un juego con normas, pero divertido y flexible. Un juego al que ceñirse y desafiar. Nos gustaban las reglas que decidían los acentos y las conjugaciones, la escritura de sonidos ambiguos, los signos de puntuación y sus tiempos. La sintaxis nos divertía porque era tan cercana y omnipresente, como incomprensibles sonaban sus leyes.

Aprendí entonces a oír. No era necesario memorizar las frases con que se formulaba un criterio, sino saber cómo debía sonar.

Veinte años después, las palabras se habían vuelto fonemas y morfemas y algo del juego se perdió en el camino. Quizás también mucha de la lógica que lo rige.

De ahí ha de venir un equívoco que cada día se dice más, cada vez que lo escucho me parece peor y al que ver por escrito me provoca una aflicción que debería yo emplear en mejores causas. Aunque me parece crucial. Porque creo que el alma está en el habla y al cuidar la segunda se enriquece la primera.

No es necesario discernir la gramática. Sería como explicar que los pies deben ponerse en los pedales para andar en bicicleta.

Y es mientras esto digo que revive, prepotente y sin freno, la voz de mi compañera “la maestra liendre”, como le puso de apodo un viejo con gracia cuando la oyó predicando las razones de su vocación magisterial. Teníamos ocho años. Desde entonces andamos cerca. Con el tiempo, ella se ha convertido en una persona de ánimo sereno, que desea nada más que la sencillez de la buena comida, los buenos libros, el cine y las siete horas de sueño que le dan buenas las noches. Le gusta ir al mar y asirse a un rincón cálido cuando se entretiene en la contemplación del horizonte y el vicio de conversar. Sin embargo, todos estos atributos, que podemos considerar virtudes, desaparecen cuando incitada por una necedad como el uso del hubieron, en lugar del hubo, sale de su ánimo la acuciosa maestra liendre.

Los ataques a la sintaxis la afligen tanto que se lanza a citar a Cervantes y repite, con él, que quien no conoce la lengua de sus mayores debería estar mudo. Olvidando que su canción de cuna fue suave y sus películas preferidas las comedias románticas, ella se pone peyorativa y pontifica: “No sé de dónde han sacado que el verbo haber se conjuga cuando se usa como auxiliar y tiene como significado existir, pero es un hecho que semejante aberración se generaliza sin provocar ninguna sorpresa”.

“Cierto”, le digo, forzándome a lucir serena.

“Y ¿cómo es que semejante despropósito se ha vuelto de uso común entre muchos, no sólo animadores de tele y radio, sino periodistas respetables?”, me pregunta como si en mí hubiera un oráculo.

“No tengo idea”, le digo.

“Así que no te preocupa. Te está haciendo daño la clase de yoga. Hay cosas contra las que hay que levantarse”, sermonea como si se tratara de dar la lucha contra la historia universal de la infamia. “Esas vueltas como de derviche que das en las mañanas te están volviendo insensible”.

“¿Qué quieres que haga? La sintaxis está casi tan lastimada como el medio ambiente. Y los equivocados parecen un torbellino. Arrastran aun a los impensables”.

“Eso, hay personas inteligentes que han adoptado el desastre. Igual y lo inventaron. ¿En qué idioma se conjugará así?”.

“No tengo idea, pero no hagas corajes”, le digo respirando en dos tiempos. “Te voy a poner al habla con Luis González de Alba. Y algo consigue. Sin duda acompaña a otros berrinchudos. A mí, por ejemplo”.

Digo esto y la veo quedarse enfurruñada en un rincón.

Al rato truenan a su alrededor los diccionarios y se encierra con ellos a rumiar en silencio lo que querría gritar o poner por escrito en una columna que no tiene. Después de semejantes reflexiones se entristece hasta que logra contagiarme sus furias. Acompañándola en su pena, menor, pero no por eso despreciable, he querido compartir con ella este espacio para que diga sus sentencias obsesionadas en ver si toca el corazón gramatical de alguien. Con un redimido tiene. Así es que vuelve a preguntarse:

“¿Por qué les ha dado por conjugar en pasado lo que no conjugan en presente? Nadie dice no “han” boletos. Sin embargo, la cantidad de gente capaz de decir: no “hubieron” boletos, es cada vez mayor”.

“Ya lo sé, querida, pero alegan que la gramática es caprichosa y que la gente está en perfecto derecho a cambiar los usos del idioma”.

“Hay veces en que la tolerancia es enemiga de la cabalidad. Trastocar la sintaxis es un crimen. Gracias a ella entendemos El Quijote, aunque tenga muchas palabras que desconocemos”.

Dice esto último y no se detiene ni un segundo para tomar aire.

“No es sólo que la gramática diga que no puedo conjugar un verbo cuando se usa como auxiliar. Es que se oye horrible. Concordar el complemento directo con el verbo cuando es impersonal, no es correcto. Pero, sobre todo, rompe los tímpanos”.

“Tienes razón”, le digo tratando de no perder la calma. “Hasta hace muy poco nadie lo hacía”.

“Pero se extiende el mal de la sabiondez redicha”, opinó la maestra liendre como si su léxico fuera transparente. “No es necesario conocer la regla, sólo es cosa de oír y de leer: Habemos muchos a favor de la paz. ¿Qué barbaridad es esa?”.

“Tienes toda la razón”, me uno sin reservas. “¿Qué tal es lo de han habido errores, en lugar de ha habido errores?”.

“Espantoso. Prendes la tele y como si nada te sueltan un: No hubieron personas. Se ve que no escriben lo que leen, porque lo marca hasta el corrector de la computadora. Subraya con rojo el “hubieron” y ni a quién se le ocurra fijarse. Haber es un verbo defectivo”.

“Pero eso sí, mi querida maestra, saberlo no es obligación de todos”, digo para ponerla en la tierra.

Como aprueba con un silencio, me pregunto si quienes han llegado hasta aquí saben o querrán saber lo que es un verbo defectivo. Yo lo digo en voz alta para que la liendre compruebe que lo sé. “Los defectivos son los verbos que no se usan en todos los modos, tiempos o personas”.

“Claro”, se entusiasma. “Como abolir. No se dice ‘yo abolo’. Como concernir y acontecer. No se dice, ‘yo concierno, ni yo acontezco’”.

La veo levantar su dedo, dichosa de haber encontrado un oído para el despliegue de sus conocimientos sobre los defectivos.

“Sí maestra, pero éstos ya son cantares más precisos que, por fortuna, aún no se han prestado a confusiones. ¿Quieres ir a comer?”.

“¿Comer? Terminación en er”, contesta. “¿Qué te parece la otra novedad? Por instinto debería saberse que en las construcciones con los verbos poder, soler, deber, el verbo conjugado debe ir en singular. Sin embargo se ha extendido, el empleo de la conjugación ‘habemos’ en el sentido de ‘somos o estamos’ ”.

“Suena horroroso”, acepto.

“Pero no te importa. Actúas como si lo aceptaras. La primera persona del plural del presente de indicativo del verbo haber es ‘hemos’, y no ‘habemos’ ”.

“Obvio”, dirían los jóvenes.

“No tan obvio. A cada rato escucho cosas como: ‘habemos muchos en contra de la discriminación’, en lugar de ‘somos muchos los que estamos en contra de la discriminación’.
Es que me da tristeza. La construcción haber-que, más el verbo en infinitivo, significa ‘ser necesario o conveniente’. Al ser impersonal, se conjuga sólo en tercera persona del singular; así que, si el verbo que le sigue es pronominal, no es correcto el uso del pronombre de primera persona del plural”.

“Horror al crimen, ya volviste a la RAE y estás echando a correr a mis lectores. Vamos por un pescado, querida maestra”.

“Tienes razón: ‘habemos dos con hambre’, diría la novedad”.

Caminamos por una acera clara, está el cielo de un azul que estremece. Ni lo mira. Se detiene frente a un puesto de periódicos. “Ve nada más”, dice señalando un encabezado: “‘Se detuvieron 30 asaltantes’. ¿Quién los detuvo? ¿Ellos a sí mismos?”.

Ángeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es La emoción de las cosas.

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