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Amor infiel de un alma en pena (Cuento: Alberto Morán)

kate Amor infiel de un alma en pena (Cuento: Alberto Morán)

 

 

 

Una noche de fastidio y desvelo dejé descansar mi lado derecho del cuerpo inconsistente con las piernas encogidas, y me abandoné respirando sereno sobre las caricias de dos tiernas almohadas. Pensaba y repensaba en la mañana siguiente, en lo largas que se hacen las horas cuando se quiere un rápido amanecer hasta que llegó, sin darme cuenta, el momento en que no supe más de mí y me sumí en un sueño largo, denso, profundo, pastoso, pegajoso, que me sumió en una pesadilla nebulosa llena de sustos, angustias, sobresaltos y amor, mucho amor.
En ese sueño descubrí la dicha (o desdicha) de que al acostarme del lado derecho en posición fetal, soñaba siempre con la posibilidad de continuar soñando al otro día el mismo sueño ansioso de la noche anterior, y así comenzó en mí una serie que dormí en forma de capítulos en los que me entregué como solemos entregarnos los hombres cuando amamos con el corazón a chorro limpio sin válvulas de paso en el camino.
Rendido en los brazos de Morfeo entré a un centro comercial de Maracaibo; desesperado buscaba apaciguar el calor que en esta ciudad llega a los 45 °C y a veces un poco más en horas del mediodía, martirizando a la gente hasta casi las 5.00 de la tarde cuando el sol comienza a irse como el muchacho resabiado que se envía a la escuela sin querer estudiar. Llegué a una fuente de soda. A veces la conocía, otras la percibía extraña, como si nunca antes la hubiera visto. Igual me ocurría con el ambiente y la gente; en ocasiones observaba un entorno de familia, de amigos, pero de súbito todo me cambiaba: me veía perdido, desconcertado y rodeado de personas desconocidas.
Y mirando la multitud que como yo se refugiaban en el frío del aire acondicionado del centro comercial, vi entrar a una mujer de cabello rubio, alta, blanca. Llevaba un vestido una cuarta por encima de las rodillas dejando al descubierto dos moles resistentes, que hacia abajo terminaban en un par de zapatos de tacones gruesos que golpeaban el piso con duro frenesí. No reparé en sus características fisonómicas ni en más detalles de su cuerpo; al final no supe que tanto podía tener de atractiva o de poco agraciada, tampoco ya me hacía falta, con lo que había visto de ella me enamoré, quedé rendido ante esa palpitante belleza que mis ojos no dejaban de acariciar.
Pasó por mi lado sin verme. La seguí con la mirada, entró a una perfumería. Un mesonero llegó a mi mesa y me ofreció jugo de naranja natural. No le hice caso. Me levanté y salí a buscarla en la tienda de perfumes. Nos saludamos y percibí un beso que no me dio, ni siquiera se me acercó aún cuando sentí la humedad de su boca en mis labios.
La rubia tomó un frasco de colonia de cien mililitros y se aplicó un poco en el dorso de su mano y me la dio a oler. Respiré profundo la fragancia y una sensación de frescura me hizo flotar por dentro. Me tomó del brazo y me llevó a una vitrina donde exhibían un envase con mi perfume “Párate ahí”. No sé por qué lo reconocí, pero era mi perfume, el mismo que tengo sobre la peinadora media luna de mi habitación.
Salimos de la perfumería y subimos a la escalera eléctrica. Llegué al primer piso. Ella desapareció de mi lado y no me di cuenta. Cuando me percaté de su ausencia la busqué con la mirada y no la encontré. Comencé a dar vueltas en el mismo piso de tienda en tienda. De pronto se me hizo indiferente no estar a su lado. Seguía convencido de que la amaba. Decidí regresar a la fuente de soda. Volví a tomar las escaleras y al bajar la llevaba de la mano.
“Te amo”, dijo, y seguimos caminando hacia la fuente de soda. Nos sentamos sin ordenar; de repente ella tomaba un jugo de naranja natural, tal vez el mismo que el mesonero me ofreció a mí al principio. La veía bella, hermosa; mi cuerpo se comenzó a exaltar viendo su boca pintar el pitillo de lápiz labial rojo mientras absorbía la refrescante bebida. Me le acerqué con intenciones de besarla. Deseaba tener sus labios en los míos, comerla toda. Y la tenía cerca, solo era cuestión de inclinarme un poco hacia adelante; lo intente, el intento resultó inútil. Seguí intentando y por más que me impulsaba no lograba moverme del sitio. Lo hice una y otra vez, no sé cuántas veces y no pude. Quedé exhausto. Me apoyé en los brazos de la silla, y apelando a las últimas reservas de fuerza de mi cuerpo, efectué otro envión buscando sus labios sin éxito. Creía que el corazón se me salía por la boca en cada pálpito. Los orificios de mi nariz se dilataban intermitentes; boqueaba queriendo absorber todo el aire del centro comercial. Seguí. Rehusaba a detenerme. Seguí y seguí hasta que no aguanté y quedé agelatinado y acezante en la silla, sin aliento, sin visibilidad, con el temor de perder el conocimiento.
Me comencé a reponer. Y cuando quité la mirada de su rostro me percaté de que había anochecido. Ella tomó el celular y escribió algo.
-¿El novio? -le pregunté.
-No, le envié un tuit a mami diciéndole que voy en camino. Y se levantó con la promesa de regresar al día siguiente.
-Nos vemos aquí mañana, sin falta –dijo.
Me opuse de plano, no quería que se fuera de mi lado. Ya no podía estar sin ella.
-Pero tómate el jugo de naranja, todavía tienes medio vaso –advertí como excusa para retenerla.
-Mañana- dijo ella lacónica, determinante, petrificada, blindada de titubeos, vacilaciones, lloriqueos, babosadas.
Salió por el pasillo en contra de mi voluntad. Impotente la veía de espaldas marcharse. Me llamó la atención ver su cabeza como la de un fósforo encendido. El fuego la comenzó a envolver en forma de antorcha humana. Temí que se quemara, que la consumieran las llamas. Corrí detrás de ella. Corrí a lo que daban mis trancos, ella caminaba despacio, imperturbable e inalcanzable delante de mí como un largo mechero. Yo estiraba los brazos, quería alcanzarla sin importar quemarme en el infierno. Mi esfuerzo resultaba infructuoso, sentía el mismo cansancio de cuando intente besarla. Seguí corriendo, corrí y corrí cada vez más duro hasta que me doblegó una contracción en la boca del estómago. Disminuido me resigné a verla quemar, quería quemarme con ella; de pronto, en un cambio imperceptible de imagen la vi aparecer reflejada en una niebla, un borde luminoso la silueteaba; me llamaba con ademanes angelicales de mano y desperté en contra de mi voluntad llorando y oprimiéndome el estómago; sudaba a chorros con el aire acondicionado de mi cuarto marcando el máximo: 18 °C.
Me quedé un rato sentado en el colchón; pasaba el cansancio y sintiendo un borborigmo recordé la crispación estomacal con un espasmo generalizado. Y a medida que me reponía fui armando en mi mente el sueño como un rompecabezas hasta recordarlo tal cual había ocurrido, menos las características fisonómicas de la catira; comencé a pensar y a reflexionar sobre mis sentimientos y me embargó el miedo al sentir que llenó en mí los resquicios de amor que ya pensaba ocupados. Me levanté, me vestí, salí al comedor y allí estaba mi mujer con el desayuno listo. Me acomodé del lado de la mesa que ocupaba desde que compartíamos juntos. Destapé los platos y se me hizo la boca agua con la ración de friticas espolvoreadas con suficiente queso, mantequilla y el pocillo de café con abundante leche todavía humeante.
Comiendo caí en cuenta de que no había pronunciado una sola palabra desde que me senté en la mesa. Alcé la cabeza, chupetee y soplé la superficie del café para apartar la nata de la leche perdiendo calor y vi que ella me observaba pensativa. Sonreí y seguí. Me respondió con otra sonrisa. A ella la caracterizaban esa sonrisa y una mirada indagadora, incisiva, que descifraba y desarticulaba los códigos ocultos de mi mente como un criminal informático. Bajé la cabeza, continué comiendo. Al terminar pregunté en voz alta: “¿Hay más jugo de naranja?”, sin percatarme de que bebía café con leche y no el jugo de naranja de mi sueño con la rubia que más amaba en ese momento. Mi mujer no me escuchó, se había ido del comedor. La busqué y la vi levitar en la sala mirando por la puerta como si quisiera marcharse.
Acudí a su encuentro, la abordé por la espalda abrazándola y estrechándola contra mí con todas mis fuerzas, y cuando percibí su perfume me abatió un terrible remordimiento de conciencia; experimenté una sensación de desgano, desamor, rechazo. Descubrí con mucho pesar que aunque sentía quererla no me despertaba el deseo y la pasión que provocaba en mí la mujer de mi sueño, ese deseo desenfrenado de besarla, de estar con ella, permanecer en sus brazos.
Y entre más la contemplaba, más me urgía la necesidad de regresar con la rubia. Así, sin darme cuenta del transcurrir del día, me vi de nuevo en el comedor cenando un pedazo de cochino frito blanco de la mayonesa, yuca, queso palmita y un batido de Toddy; más tarde estaba en la cama y como en la noche anterior, me coloqué en posición fetal del lado derecho de mi cuerpo y al cerrar los ojos noté que la mujer de mis sueños me esperaba tal como me lo había prometido. No la veía, pero la delataba la fragancia de su perfume excitante.
Tomé asiento en la misma mesa de la fuente de soda donde compartimos el primer sueño. Y ella estaba allí, lo supe porque había tomado la mitad pendiente del vaso de jugo de naranja natural. Buena parte de los cubitos de hielo se habían vuelto agua. Observé el pitillo y supe que usaba otro lápiz de labio. Además de las manchas rojas ahora tenía pintas marrones. Eso me hizo distraer, imaginaba su boca en mí. Y subí junto a ella por la escalera eléctrica, llegamos a una pared de vidrio con vista al Puente Rafael Urdaneta. Observé a mí alrededor y no había tiendas sino habitaciones enumeradas. No estaba en el centro comercial, había llegado a un hotel. Y pensando en hacerla mía desapareció, aunque seguía conmigo; podía advertir su presencia escuchando su taconeo de bailaora de flamenco.
Pensé en marcharme, bajar de nuevo por la escalera y sentarme en la fuente de soda del centro comercial, cuando sentí un abrazo, la fragancia de su perfume y el calor de su gruesa respiración en la parte posterior de mi cuello. Mi piel se erizó. Tenía la certeza de que deseaba hacerme el amor tanto como yo a ella. Lo percibía, me lo decía el parpadeo de su resuello febril.
Exhalaba fuego como síntoma inequívoco de una mujer deseosa. Me dejé llevar. Mi mente se fijo en un horizonte sin sol, iluminado con estrellas apagadas y una luna inmensa de plata sin pulir. No sé por cuánto tiempo contemplé el jardín de brillantes y piedras preciosas, flores y frutos silvestres, ríos, rebaños, pastores y un sinfín de conjuntos de arpistas tocando y volando como aves en el espacio infinito, hasta que el mesonero que nos sirvió el jugo de naranja la noche anterior llegó a preguntar qué queríamos con una bandeja vacía en la mano. Esta vez no lo veía a él, la veía a ella sonriendo con picardía consciente de que me desvivía por hacerla mía. Ella lo deseaba igual que yo, pero mujer al fin, tenía la capacidad de sentir y aguantar las ganas diciendo repetidamente que “No” como cualquier muñeca plástica de baterías con la voz programada.
-Quiero hacer el amor –dije.
-Tengo que irme –respondió ella.
-Quiero hacer el amor ya, por favor –supliqué quebrando la voz, casi al borde del llanto; pretendía sensibilizarla y despertarle algo de compasión por mí -. La tomé por un brazo para llevarla a una habitación.
-No tengo tiempo, mañana en la noche nos vemos aquí mismo –se sacudió y me encaró blindando como siempre sus respuestas negativas-, quise insistir y desperté en la cama con mi mujer encima.
-¿Que sucede? –le pregunté
-Me despertaste –dijo ella-, pedías a gritos que hiciéramos el amor.
-Quedé sin palabras, confundido, aturdido, quise utilizar una excusa, inventar una acidez estomacal, que me dolía la barriga, la cabeza, o que me molestaba el uñero del dedo gordo del pie izquierdo, pero estaba seguro de que mi esposa en ese momento daría al traste con cualquier argumento estúpido. Se mantenía encima de mí esperando mi acostumbrada reacción briosa de animal salvaje en esas circunstancias apremiantes, sólo que enamorado de otra mujer me resultó imposible y me torné frío hacia ella aun cuando estaba consciente de que como hombre, esposo y amante me encontraba al borde de un compromiso ineludible que debía asumir ¡ya! Aproveché que por razones de higiene a primera hora de la mañana se debe ser más preciso en el amor, más concreto e ir directo al grano sin detenernos en regodeos durante el camino gozoso del placer y la lujuria. Y como en un combate de lucha libre, di una voltereta y me le subí como de costumbre. Amagué, grité casi como Tarzán en la selva. Hubo momentos en que me levanté y como si estuviera en la playa o en una piscina, me lancé en zambullida. Seguí fajado como los buenos, en un forcejeo cuerpo a cuerpo, luciendo la superioridad de un peleador de sumo. Mi mujer me miraba desconcertada, gélida, serena, creo que pensaba en que me había vuelto loco y tenía razón. Fui puros gestos, amagos, mentiras, nunca en realidad entré en batalla, siempre me mantuve afuera, flácido, blando, vacilante, escurridizo, huidizo, ensimismado, ¡cobarde! La situación se me complicó, llegaba la hora de las definiciones. Cómo explicar que no funcioné en la necesidad más perentoria, inaplazable, acuciantes, urgentes de mi cuerpo, donde antes me crecía y me hacía merecedor de desayunos con postre incluido en la cama.
-Qué te ocurre –preguntó ella-. Hice silencio, la miré, no estaba preparado para esa simple pregunta que al final me resultó una emboscada y sin darme cuenta le solté sin titubeos:
-Estoy enamorado de otra mujer. Quise retractarme, pero ya era tarde, en todo caso hubiese sido peor, estaba torpe y de ninguna manera justificaría mi frialdad, mi apatía hacia ella.
-¿Desde cuándo?
-No sé desde cuando, la vi antenoche.
-Jajaja, mira como me río, ¡cínico!
-Te digo la verdad.
-¿Y de dónde es ella, dónde la conociste?
-No sé, nos hemos visto en un centro comercial.
-Ahhh no sabes, ¿y cómo se llama?
-Tampoco sé.
-Tampoco sabes, ¡qué bien!, ahora el “Santo Varón” se enamoró de una desconocida, de un imposible.
-Sí, y la amo, es la verdad, no tiene caso callar. Ella salió de la habitación. Yo me quedé meditabundo en la cama. Me dolía haberle causado tanto daño. Me levanté y la busqué, estaba de espaldas en el porche sentada en una silla. Vestía una bata blanca que nunca le había visto; la rodeaban ángeles adultos, muchos de los cuales le hablaban al oído y ella escribía un tuit o un PIN en su Blackberry. Fui a su encuentro. Los ángeles, al verme, se marcharon. Ella antes de llegar me preguntó sin voltear a mirarme:
-Si tuviste la entereza de contarme lo de tu romance, porque eres tan poco hombre y no me dices quién es ni cómo se llama tu amante, yo no soy mujer de pelear por machos y con precariedades de testosterona menos.
-Fue en un sueño –dije con una voz trémula de muchacho regañado.
-Deja la estupidez ¡por favor!, te estoy hablando en serio.
-Esa es la vedad, la conocí en un sueño, no sé cómo se llama, sólo sé que la amo, siempre quiero dormir y soñar para estar a su lado.
-No seas idiota ¡chico!, imbécil…
La verdad era increíble, imposible que ella ni nadie me creyeran lo de mi amor con una rubia en un sueño. Y haciendo esas reflexiones, no sé para donde tomó. La comencé a buscar y buscándola recordé que la catira que amaba se comprometió a hacer el amor conmigo en el próximo sueño; y solamente de pensar en tenerla sentí en ese instante sobrar al hombre aquel que le hizo falta a mi mujer en la cama.
Y con el deseo desenfrenado de la rubia, me vi de nuevo en mi habitación. Me coloqué en posición fetal del lado derecho y entregándome a un sueño profundo ví el Lago de Maracaibo y el puente a través de la pared de vidrio del hotel. Ella estaba allí, pero no la veía. Eché un vistazo a mí alrededor con el cuidado de que no detectara mi intranquilidad, mi afán por verla. “Esta noche no le valdrán excusas”, dije para mis adentros.
Miré en dirección de una habitación que tenía diagonal y vi que en el piso había una tanga negra enrollada. De una vez supe que era de ella. Caminé presuroso. Toque la puerta, quise girar la manilla de la cerradura y no dio vuelta. Seguí intentando, fue inútil; regresé a la pared de vidrio, tampoco sé cuánto tiempo estuve mirando el Lago de Maracaibo. Veía el puente y contemplaba la marcha de carros y camiones circulando como garrapatas por la imponente estructura.
Volví a ver la puerta de la habitación, estaba abierta. ¡¿Se habrán ido y no puse atención?! Me asomé y la vi a ella sin ropa en la cama con el mesonero desnudo de hallaquita, el mismo que le servía el jugo de naranja en el centro comercial; sólo que ahora no le servía jugo sino un vaso de chicha de maíz. Enardecí. Perdí el control, me les abalancé encima y desperté con la mano puesta en la frente. Mi mujer me miraba con ojos endemoniados.
-Y la tipa como que es peladora de kung fu –dijo-, porque saltaste como un resorte y le metiste la frente al espaldar de la cama. Dio la vuelta y se marchó. Quedé en la cama aturdido, solitario, confuso; recapacitaba en mis sueños, en que podía originarlos y organizarlos de manera articulada y sistemática como una obra presentada en capítulos. Sería cuestión de no adoptar para dormir la posición fetal y dejar de soñar y olvidarme de la rubia para siempre. Comprendí que era una de esas mujeres seductores que les gusta jugar al amor. Son profesionales diciendo “Sí” con la boca y un “No” rotundo con lo más profundo de su ser. Juegan con su sexo como la muchachita que manipula su Volkswagen rosa de juguete, cuyo mayor placer es abrirle y cerrarle la capota. Pensé en la vez que estuve dispuesto a quemarme con ella en el centro comercial y me llené de pavor. Pero el impacto de verla con otro ordenó mis ideas, mis sentimientos. Me di cuenta de mi error. Era de nuevo un hombre enamorado de mi mujer. Enloquecí y me arrepiento por ser tan débil, aunque creo que tampoco merezca el infierno como castigo.
Me vestí tan rápido como pude, salí del cuarto presuroso dispuesto a recuperarla. No me había preparado desayuno molesta como lo imaginé, fui a la nevera para ver que encontraba y vi tres arepas tiesas rellenas con unas sobras de caraotas que recordé haber comido antes con paticas de puerco; las llevé al microondas, calientes las reforcé con queso y, puesto el toque de picante y mayonesa las saboree hasta calmar el hambre. Luego la busqué con la vista y no la vi. Crujió una cerradura y cuando levanté la mirada hacia el porche, sólo alcance a ver sus pies en el aire saliendo por el portón; la seguí, ella caminaba sobre una espesa niebla sin tocar el piso rodeada de los ángeles adultos. La grité, quise detenerla, hablarle de mi error, pedirle perdón, convencerla de regresar, pero cuando me asome a la rocosa avenida pavimentada de oro con aceras de jaspe claro como el cristal, desapareció hablando por el celular de la mano de sus querubines. Quedé alelado viéndola ir, no podía hacer nada. El sonido de una corneta me sacó del letargo, un carro le pedía paso a un niño que iba en medio de la vía con una cobra terciada en el cuello montado sobre un león de melena, que caminaba distraído con la lengua afuera y agitando el rabo.
Regresé desesperado a mi habitación, la escudriñé, observé cada uno de los recuerdos de ella y vi que en la media luna de la peinadora estaba escrito en letras grandes con lápiz labial: “No pierdas el tiempo en buscarme, sigue soñando”.
Me eché en la cama, abracé mis almohadas y no pude contener el llanto; recordé que era un alma en pena y lloré a todo pulmón, duró, durísimo, a gritos, como lloran los hombres cuando aman de corazón y fui sintiendo que me desvanecía, que perdía las fuerzas, mi visibilidad. Que moría de nuevo, que moría como la vez que mi esposa enloquecida de los celos me quitó la vida echándome en el guarapo de limón con panela un veneno mortal, al enterarse de mi infidelidad con una novia que encontré en Facebook.
[email protected]
@AlberMoran

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