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De Interés: el arte de ser sincero (María Elena Araujo Torres)

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“Ser sincero no significa decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”. Esta frase corresponde al escritor y novelista francés André Maurois. Desde que la escuché por primera vez la memoricé pues me pareció tiene complejo contenido. Sobre todo porque en ese tiempo -siendo aún adolescente- era muy dada a mentir, tratando de complacer a quienes me rodeaban con lo que creía les gustaría oir.

Y en el transcurso de esa inestabilidad juveni, de complacer con mis actitudes y comportamientos a los demás, inicié el proceso de sanación intentando dejar de mentir para evitar momentos desafortunados y dificultades en vez de aceptación en el seno familiar.

Escrutando libros encontré la sabia frase. Entendí que para dejar de mentir no es necesario decir todo lo que se piensa. He conocido algunas personas que se jactan de ser sinceros y de decir todo lo que piensan, como si de un heroísmo se tratara, sin entender que con esa conducta causan heridas y maltratos hasta a la gente más querida.

Imagínense si empeñados en ser sinceros, exteriorizamos nuestras apreciaciones más subjetivas respecto a la imagen corporal de otras personas, forma de vestir, conductas, ocupaciones, nivel académico o modos de vida en general. Entonces podríamos ser verdugos del prójimo, creyendo que tenemos autoridad para atropellar a otros con nuestras apreciaciones, creyendo tener la razón, la verdad, en situaciones que mayormente desconocemos en sus verdaderos orígenes y causas como para emitir un juicio.

A veces podemos ser muy crueles a la hora de evaluar a otras personas. El hijo del vecino que es un vago, mal estudiante y un bueno para nada; la vecina de enfrente que se viste como una cualquiera, se píntarrejea como una loca y sale todas las semanas con uno distinto; el hombre de la esquina que le pega a la mujer porque seguramente ésta le es infiel; o, la “vieja” de la esquina que es una alborotada.

Puro veneno podemos soltar si insistimos en ser sinceros, destacando lo que creemos como verdades, cuando éstas pueden estar tan lejanas a nuestras apreciaciones curtidas de prejuicios  y mayormente saturadas de antivalores, recibidos a lo largo de nuestra formación, ya sea en el hogar, escuela, amigos, en nuestros espacios sociales.

Y aunque conozcamos muchos dichos referidos a esta mala conducta, muy poco los ponemos en practica: “No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados. Porque con el mismo juicio que juzgareis habéis de ser juzgados, y con la misma medida que midiereis, seréis medidos vosotros (Jesús en Mateo 7,1-2)”; “En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven”(Nicolás Maquiavelo).

Volviendo a la segunda parte de la frase inicial, entonces lo correcto sería evitar decir mentiras respecto a lo que pensamos, aunque ello signifique decirlo de manera discreta, con tacto o sencillamente callar. Es innecessario ser crudo a la hora de expresar una apreciación. Aunque no por ello caigamos en la dañina y desagradable actitud de la hipocresía. Tampoco ubicarnos en el extremo de la falsedad; fingir sentir agrado cuando no es así; saludar con una sonrisa y hacer una mueca de desprecio cuando la gente se retira; abrazar y besar para luego denigrar a la persona cuando esta ausente. Esa es una conducta a corregir si queremos respetarnos y ser respetados. Tengo un amigo que considera que tratar a las personas aunque no sean de nuestro agrado es diplomacia. Insiste en que debemos entender que -por relaciones humanas- debemos tratar de mantener buenas actitudes con toda la gente y aceptar a las personas con sus defectos y virtudes, entendiendo que somos tan humanos como nuestros congéneres. Y no por ello, inisistiendo en la mal entendida sinceridad, hacerle desaires a las personas porque piensen diferente a nosotros o insultarlos porque son contrarios a nuestras opiniones. Como dice mi amigo, ser diplomático, respetar para que nos respeten.

 María Elena Araujo Torres

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