¡Mi alma! ¿Caramelos en urnitas y con etiquetas…?

 

  María de Los Dolores Navarro, la abuela materna de Pradelio Angulo, el famoso propietario del bar La Zulianita, solía contar a sus nietos el asombro que le produjo una caja con caramelo de coco que le regaló su esposo el día que celebraron las bodas de oro matrimoniales.

 Narraba que era una caja de cartón fino del tamaño de una panela, la cual tenía dibujada en su tapa unas cimbreantes palmeras catatumberas impresas en blanco y negro. Bajo las gruesas raíces de las palmeras aparecía la imagen de varios cocos grandes, y, más al fondo, destacaba la figura del lago de Maracaibo y la de un pescador cumpliendo en solitario su faena diaria.

 “¡Mi alma! ¿Caramelos en urnitas y con etiqueta?” fue la exclamación de asombro de doña María la primera vez que vio tales empaques, y así lo repitió hasta ante de su muerte cada vez que sus descendientes le preguntaban por aquellos confites envueltos en fino papel y cuidadosamente dispuestos en una elegante y diminuta caja que no tenía nada de mortuoria.

 “Los caramelos de coco los echaron a perder cuando empezaron a meterlos en esas cajitas. Se salvaron los que vendía Segundito Morillo en la calle Aurora, pues fue el único que siguió metiéndolos, todos regaos, en la busaca de papel parafinado y se sacaban como a una le diera la gana, sin mucha complicadera, además, quedaba la azúcar pegá en los dedos”, replicó con un dejo de rencor  hasta sus 90 años, la exigente doña María.

 Y es que para los maracaiberos de mitad del siglo XIX resultó muy extraño ver de pronto de en las bodegas productos empacados en elegantes presentaciones y con nombres sofisticados. En esos tiempos el azúcar, el jabón, el arroz, la melaza, la mantequilla, la leche, la manteca, los frijoles, los caramelos, entre otros productos, se vendían a granel y sin una marca que los identificara, por lo tanto, quienes vivían en esa Maracaibo  provinciana no se dejaron en principio seducir fácilmente por empaques con dibujos impresos en etiquetas, por lo que miraban los productos así presentados con sospecha antes de consumirlos.

 A mediados del siglo XIX, empresas alemanas, inglesas, italianas y estadounidenses comenzaron a importar a través del puerto de Maracaibo productos envasados que tenían impresas las marcas y hasta las indicaciones para  informar  acerca de su contenido y elaboración.

 El impacto visual de los empaques fue enorme entre los maracaiberos, sobre todo en las personas de mayor edad que estaban acostumbradas a comprar en las bodegas sus artículos de consumo  diario casi frescos y envueltos en papel para llevarlos sin muchos artilugios hasta sus casas. Cuando vieron las primeras marcas etiquetadas y envasadas en vidrio o en caja de cartón  o de madera, las miraban con total aprensión, pues consideraban que les estaban vendiendo productos descompuestos.

 Las primeras marcas que vieron los maracaiberos fueron los jabones Ivory, Pears’ y Colgate. Pronto siguieron el polvo Royal y la avena Quaker, los embutidos como el jamón francés Lyon, quesos daneses y holandeses, cervezas de varias marcas, galletas, entre ellas las famosas Bagley, vinos italianos y franceses, especies culinarias y marcas de cigarrillos nunca antes vistas para el común de la gente como los York, las hojillas de afeitar Gillette que acabaron con las filosas navajas, la “harina lacteada” Nestlé, entre otras…

 Casi a finales del siglo XIX aparecieron en las tienda la goma de mascar Wrigley y el refresco Coca-Cola, ésta última por cierto se vendía en vasos en las pulperías, pues el líquido no en era embotellado como ahora, sino que venía contenido en un barril y se servía en sifón, es decir, de la misma manera que la cerveza.

 ¿Cómo hacían los dueños de las grandes tiendas comerciales para dar a conocer la variedad de productos o servicios que ofrecían en sus establecimientos? ¿Quiénes se encargaban de atender las demandas de los anunciantes en un tiempo en el que la publicidad comenzaba a despuntar ante el surgimiento de una nueva realidad económica, social y cultural?

 Hasta finales de siglo XIX  la responsabilidad de crear avisos publicitarios estaba en manos de los pocos fotógrafos que había en la ciudad, así como también de ilustradores y dibujantes locales, quienes partiendo de la descripción que los mismos anunciantes les proporcionaban sobre los valores, atributos y usos de los productos u objetos que deseaban dar a conocer, creaban materiales gráficos y escritos que ayudaban promocionar las bondades intrínsecas de las marcas.

 Los textos solían ser suministrados por el propio dueño de la tienda – para que no hubiese equivocación – o en su defecto se le encargaba a un avezado conocedor de nuestro lenguaje, como era el caso de un maestro o a un escribiente. Existía, incluso, la posibilidad de que los periodistas que trabajaban en los diarios recibieran de los propietarios del medio el mandato de escribir algún texto para atender el requerimiento de un determinado anunciante.

 Es de hacer notar que a la actividad publicitaria se incorporaron en esa época muchos de los artistas que se formaron en la primera  Escuela de Dibujo y Pintura que se creó en Maracaibo en 1882. Esta escuela estuvo regentada por el italiano Luis Bicinetti en compañía de Luis Fontana y Manuel Soto, este último arquitecto y primer artista regional en hacer estudios en Nueva York de pintura.

 De esta escuela saldrán a la luz dos importantes pintores como lo fueron Julio Arraga y Manuel Puchi Fonseca, y  se tiene conocimiento que fue clausurada en el año 1896 estando dirigida por Julio Arraga.

  Vinicio Díaz Añez

Noticia Al Día

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