El día que los maracaiberos conocieron el Toddy y el Corn Flake

A comienzos del siglo veinte no era nada difícil enterarse de las novedades que llegaban a Maracaibo desde el extranjero. Bastaba con echar un paseíto por la Plaza Baralt para saber que una “máquina infernal” llamada automóvil había sido bajada por el puerto y la exhibía el comerciante Julio Añez frente a la Botica Nueva, o que en la Sombrería al Vapor, de Gustavo Zinng, vendían “la gran pava amarilla fina, la de ala sencilla”, que era la novedad del momento en sombreros franceses para damas.

Todo lo que se importaba causaba asombro a los maracaiberos de las primeras décadas del siglo pasado, quienes vieron con entusiasmo cómo entraban a la ciudad cantidad de productos y objetos nunca vistos. Eran los tiempos de los balancines, taladros y muchos rostros extranjeros. A medida que el auge petrolero se intensificaba, en esa misma medida el oro negro permitía que los habitantes de Maracaibo tuvieran el privilegio de conocer los últimos adelantos mundiales.

Entre las novedades que sacudieron a la ciudad en ese entonces figura una que tuvo como escenario el restaurant Blue Book, ubicado también en la Plaza Baralt, cuando un grupo de norteamericanos fue visto tomando Toddy, la bebida chocolateada, y consumiendo Corn Flakes de Kellogs. Quienes pasaban por el mencionado establecimiento, regentado por el gringo Harry Middlenton, observaron por primera vez los empaques de ambos productos porque estaban colocados sobre la mesa de los comensales y a la vista del público.

El Blue Book tenía al frente del local donde funcionaba una pequeña pérgola a cielo abierto que daba a la calle Comercio para que sus habituales clientes desayunaran o almorzaran al aire libre y pudieran librarse del calor maracaibero, de modo que quien pasó ese día por el lugar le llamó la atención que los extranjeros bebieran “agua de tierra” y comieran también “unas taritas amarillas que se parecían a las hojitas que botan las matas de acacia”.

Antes de la aparición de Toddy, los maracaiberos no conocían ninguna bebida achocolatada. Las bodegas vendían el cacao en polvo de fabricación casera con el que se preparaban bebidas calientes y a veces hasta remedios. También se conocían las bolitas de chocolate amargo, igualmente de fabricación casera.

Como la aparición de Toddy y Corn Flakes fue toda una sensación, los importadores de las marcas colocaron afiche promocionales en algunos sitios de venta del centro de la ciudad. En las tiendas y bodegas ambos productos desaparecían rápidamente una vez que se hicieron populares, pero sobre todo en los comisariatos de los campos petroleros, donde las empresas concesionarias no dejaban de importarlos para satisfacer la exigente demanda de su personal tanto extranjero, como el nacional.

Justamente, a las empresas petroleras extranjeras, concretamente a la Caribbean Petroleum y la Stándar Oil Company, se les atribuye haber sido los primeros importadores de Corn Flakes y Toddy, marcas fabricadas en los Estados Unidos que junto con Coca Cola forman parte de ese inventario de productos que definen el “American Way Life”.

Maracaibo, pues, no tenía todavía un servicio de disposición de aguas negras moderno, tampoco un acueducto. La ciudad a mediados de la década de los años veinte del siglo pasado estaba a punto de colapsar debido al aluvión creado por la explotación petrolera. No obstante, sus habitantes quedaban deslumbrados cada vez que por el puerto entrada la última novedad de Europa o de Estados Unidos.

Y es que el “reventón petrolero” le abrió las puertas a la industria norteamericana y, con ello, a todas las marcas que proceden de ese país. Las fotografías de los primeros balancines se tomaron con cámaras y rollos marca Kodak; los vehículos de los “gringos” sondeaban terrenos con cauchos Michelin o Goodyear; los hombres del petróleo fumaban cigarrillos Lucky Strike y, cuando de tragos se trataba, demandaban whisky Buchanan’s importado por la casa HL Boulton.

Además de Corn Flakes y Toddy, en la bodegas se comienzan a ver Ovomaltina, jugos de frutas a partir de concentrados de pulpa, distintos tipos de té, algunas clases de mermeladas, varias bebidas alcohólicas como el whisky escocés y norteamericano, entre otras novedades que llegaron para arraigarse en el colectivo nacional.

Ante este panorama, la publicidad entra como instrumento perfecto para dar a conocer esas novedades que la gente comienza a ver en la calle, por lo que adquiere mayor relevancia y desarrollo.

Es de inferir, entonces, que el “chorro petrolero” generó cambios en los patrones de consumo de la población, por lo que los anunciantes de la época se percatan de este singular cambio y advierten la necesidad de informar más a un público consumidor ávido por conocer las bondades de los nuevos productos.

La publicación de avisos para promocionarlos en los medios impresos se incrementa en comparación con las décadas anteriores y los diarios son, hasta ese momento, el medio disponible para anunciar, aunque estaba muy cerca la aparición de la radio.

El diario Panorama, en su primera edición del 1 de diciembre de 1914, inserta el siguiente aviso que ilustra otros productos que se vendían en esa época: “Julio A. Añez y Compañía anuncia las lámparas eléctricas de bolsillo, pinturas finas en pomos, brochas, pinceles y cajas para pinturas, gran variedad de muebles de junco, de mimbre, americanos. Ladrillos y arcilla refractaria, juguetes de toda las clases. Trapiches de mano y para fuerza animal. Despulpuradoras de café a mano. Bombas hidráulicas, 30 estilos diferentes de tés. Gran Novedad de fantasía. Visite nuestros almacenes”.

Vinicio Díaz Añez

Noticia Al Día

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