
Si no está preparado para afrontar la pérdida del ser amado, con ayuda puede evitar que la recuperación tarde años. Foto referencial
Solo dos meses estuvo Mariana junto a su bebé. Sus ojos vidriosos por las lágrimas infinitas que ha llorado por años, denotaban aún más el dolor acumulado por la pérdida de su hijo. “Sabíamos que no llegaría hasta mi casa”, quizás un presentimiento le reveló que su pequeño ángel no conocería el hogar en el que crecería entre juguetes y ropa, que posteriormente se convirtieron en el implacable recuerdo de una vida que no pudo ser.
La muerte, segura e inesperada, tocó su puerta hace cinco años y le arrebató a su segundo hijo. Su esposo y ella no han podido superarlo, el dolor está vivo, y los quebranta cada vez que lo recuerdan rompen en llanto, pero ella está segura de algo: Para poder continuar su vida, debe trabajar en superar el duelo.
La voz entrecortada por las lágrimas y sollozos recordó su delicado embarazo, que la obligó a estar en cama durante un largo período. El permiso del médico tratante para levantarse y hacer una que otra actividad disparó las sospechas tras la muerte del niño.
“¿Fue culpa mía?”, fue una de las primeras preguntas que atacaron el pensamiento suyo y el de su esposo. El miedo al pensar en que un descuido pudiera causar la muerte de tan deseado bebé la carcomía. Dos meses estuvo el niño en la Unidad de Cuidados Intensivos, y cada día era agonizante. “Llegó un momento en que no me sabía ni mi cédula”.
Sus días los dedicó enteros a estar pendiente del bebé, y al no haber mejoría, confiesa que imploraba a Dios que no sufriera más su hijo, y que lo llevara a su presencia, si era necesario, o que se recuperara.
Llegó el momento y el pequeño ángel partió. “No hubo velorio, ni nada”, recuerda Mariana, quien lleva marcada el alma con el dolor a cuestas, un peso que no deja que avance. En busca de ayuda da su testimonio en el grupo de Apoyo al Duelo, “Camino a la luz”.
Con oído atento, los voluntarios del equipo dan apoyo a Mariana, una palmada en la espalda es propicia mientras la mujer relata su experiencia, clama consuelo y entre ellos, admite, espera superar el fallecimiento del bebé.
“Ya no le tengo miedo a la muerte”
Entre los oyentes se escuchó el testimonio de Edwin Nava, quien perdió a su compañera de toda una vida. Estuvo casado por 32 años con quien recuerda como su primera novia y amor. También él fue su primer novio. “Había muchos sueños y ganas de llegar a la vejez juntos, enamorados y agarrados de la mano. Siempre juntos, como nos conoció mucha gente”.
Sin embargo, se cumplió la famosa frase “hasta que la muerte los separe”, que acompaña el sermón en las ceremonias matrimoniales. Su esposa “partió” un 11 de diciembre de 2007. Asegura que la aceptación fue rápida, y que vivió muchas experiencias “distintas” relacionadas a la ausencia de su mujer.

Tras superar el dolor de haber perdido a su eposa y madre, Edwin puede sonreir y ha replanteado su forma de ver la vida
Nava llegó por primera vez al grupo “Camino de luz” en junio de 2008. Las terapias que le permitieron aplicar herramientas y recuperarse del duelo, hicieron que se convirtiera en un voluntario permanente, para ayudar a otros que vienen en la misma condición que lo trajo allí.
Las reuniones le han permitido sanar y reflexionar. “Le tenemos tanto miedo a la muerte, que evitamos hablar del tema, y más a cierta edad. Todos los seres humanos – o los católicos- quieren ir al cielo, pero no se quieren morir”.
Y es que, tras perder a su hermano mayor hace algunos años, a su esposa y dos meses después a su madre, asegura que “ya no le tengo miedo a la muerte”. Sabe que llegará y que debe trabajar en la dimensión espiritual de su cuerpo.
“Mi esposa y yo nunca tocamos ese tema (la muerte) profundamente. Me tocó la situación inesperadamente”. Recuerda que su mujer se sometió a una operación cuya expectativa de vida es alta. Se complicó a los 10 días de la intervención, entró en coma y “luego se fue”.
Reconoce que su preparación en el área de crecimiento personal le permitió afrontar la pérdida en primera instancia. “Quizás todas esas herramientas me ayudaron a soportar eso, porque no es fácil, es muy duro. Cuando vine acá me entero de que hay tareas”, y que varias de ellas las había hecho.
“Diría que la herramienta nueva que aprendí en las terapias es que saber que contar tu testimonio alivia el dolor. Generalmente uno cuenta y siente que baja el peso del dolor. Hay personas que no les gusta, sobre todo cuando es una muerte trágica (…) La herramienta es esa, el poder brindar testimonio y drenar el dolor que brota en el duelo”.
El primer día, relata Edwin, las lágrimas bañaron su rostro mientras contaba cómo había perdido a su primer amor y compañera de vida. “El que escuchen tu testimonio ayuda mucho. Yo escuché muchos y me di cuenta de que no soy solo yo quien pasa por eso (…) Vivimos al borde de la vida, no al borde de la muerte”.
Tras este tiempo con apoyo de voluntarios y psicólogos, el señor Nava ha afrontado las pérdidas, y ha aprendido que “la vida es un recorrido, y ahí vamos nosotros. El pasado no existe, y el futuro no ha llegado. Lo único que existe es el presente y es instantáneo”.
Este precepto de vida, que ahora asimila en todas las áreas, le ayudó a comprender que “lo que me pasó es pasado, y nada puedo hacer nada para corregirlo. Por mucho que llore, por mucho que patalee, no puedo hacer que mi esposa vuelva. No va a volver”, dice convencido y resignado.
Buscar el apoyo de un especialista o un grupo como este, permite que otros que no pueden superar el duelo, se den cuenta de que sí se puede continuar la vida después del fallecimiento de un ser amado, pero cada duelo es distinto.
“Habrá personas que no aceptan, pasan 10 años y les duele como si fuera ayer”, reconoce Nava, pero asegura que el brindar sus testimonio y de los demás asistentes puede ayudar a que cada quien supere su duelo.
Adaptado a su situación, él es el ejemplo de que hay vida después de la muerte, de que se puede sonreír con los recuerdos, a pesar de la honda pérdida que su esposa dejó.
Terapias que sanan
Al frente del equipo “Camino a la luz” está Jossymar Chacín, psicólogo clínico quien brinda orientación en las reuniones que se realizan de manera bimensual. Destaca que fue el primer grupo que se formó en Venezuela para brindar apoyo durante el duelo, y que está abierto a toda la comunidad de manea gratuita.
En uno de los salones del Hospital de Especialidades Pediátricas de Maracaibo se realizan las reuniones. Música suave, y un equipo de psicólogos, enfermeros, trabajadores sociales y voluntarios esperan cada reunión a los asiduos asistentes y a los nuevos.

En equipo se superan la muerte. "Cada quien vive un proceso" y en un tiempo diferente, destaca Edwin
Chacín explica que estas reuniones se trabaja el proceso de duelo de las personas que llegan, el cual se completa tras alcanzar varias tareas:
- Aceptar la pérdida. “Lo que queremos es que la persona pueda hablar de la experiencia. Inicialmente la tarea es darnos cuenta de que la persona ya no está, que asista al velorio, entierro y que se permita asistir a cualquier actividad de vivir la pérdida. Sabemos que es duro, y duele.
- Posteriormente se trata de vivenciar el dolor. “Vivir y experimentar el hecho de que la persona ya no esté, a través del llanto, miedo, rabia, culpa. Todas esas sensaciones es necesario que la persona se permita vivirlas, en el buen sentido de la palabra”, explica la especialista.
- Tras superar esa tarea, es necesario adaptarnos a que la persona ya no está. “Cuando una persona muere no solo sentimos el dolor porque no está, sino por todo lo que representaba, las actividades y roles que desempeñaba en el hogar (…) Adaptarnos implica el que esas cosas que la persona hacía, alguien tiene que hacerlas”.
- La última es recolocar al ser querido y aprender a vivir. Esto quiere decir que -aunque la persona no está entre los vivos- se puede sentir en el corazón o en un lugar especial. “Hay que continuar. En ese momento la persona se permite plantearse nuevos sueños y proyectos”.

El objetivo de las terapias es que quien ha perdido un ser querido "aprenda a continuar la vida", dice la doctora Jossymar Chacín
La especialista destaca que es importante que la persona afectada por la muerte de un ser querido pase y lo supere. “Cuando las tareas no se cumplen, se genera un duelo patológico, no puede emprender nuevos proyectos, tiene problemas de pareja, o con los hijos”.
Explicó Chacín que cuando la persona ingresa, el grupo hace un diagnóstico, y la misma persona identifica en qué tarea está. “Se trabaja con relajación, visualización, y diferentes técnicas para que la persona pueda vivenciar el duelo, restablecerse emocionalmente (…) La idea es que antes de salir nos regalen una sonrisa”.
Y es que el solo hecho de ir a la terapia es terapéutico, dice la psicóloga. De modo, que la meta “para nosotros es fortalecedor que una persona diga que pudo superar la pérdida, que están bien y retomarán su vida, que ya no necesitan venir al grupo, pues la idea no es crear dependencia”.
En torno a la recuperación del duelo, se tratan temas que son comunes a quienes atraviesan esta situación. Inquietudes como “¿Es sano sentir culpa? ¿Es normal que no quiera comer o dormir, cómo me estoy sintiendo?”, se hablan en el grupo.
Si se ha sentido identificado con alguna etapa antes expuesta es importante, tanto para usted y su posterior desempeño con demás familiares, que reciba ayuda especializada.
Sería ideal, dice Chacín, que hubiese preparación previa en la sociedad para esta situación, y cree que lo principal es evaluar la vida de cada quien. Tras estas palabras, se cuela un concejo: “Tener la maleta lista” en caso de que la muerte llegue. “Estar tranquilos, estar reconciliados conmigo mismo, con nuestra familia, valorar lo que hacemos. Eso es estar preparados”.
Eleana Sequera / esequera@noticiaaldia.com
Fotos: Luís Molero
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En un primer contacto, la persona que se acerque por primera vez cuenta su experiencia. "Decir qué nos pasó, ya es terapéutico", dice Chacín