LA GENERACIÓN DEL KOTEX, EL CUTEX Y EL BILCRIN


El día que las mujeres zulianas descubrieron que en el extranjero se elaboraban unas “cintas gruesa hechas con algodón” para hacer  más llevadero el ciclo menstrual, muchas pensaron que el sabio ingenio del hombre había logrado al fin crear un invento que las tomaba en cuenta.
Enterarse de esas “cintas grandes” (desde un principio se les llamó toallas sanitarias) fue motivo suficiente para que las féminas maracuchas de los años 20 y 30 del siglo pasado, sobre todo las más pudientes, echaran a la basura la colección de retazos de telas de seda y algodón que usaban para detener “la regla”. El nuevo invento fue sin duda un gran alivio para todas, y más que un alivio una solución caída del cielo, pues dejaron de cortar los trapos que guardaban asépticamente lavados en las gavetas de sus cómodas, que eran el antiguo recurso al que apelaban cada vez que se asomaba el sanguinolento pasajero de todos los meses.
Quienes tuvieron el privilegio de conocer y usar por primera vez las toallas sanitarias fueron las doncellas y las damas de la alta sociedad de aquella Maracaibo conservadora de los tiempos del foxtrop, la gomina y el Cutex. La novedad la vieron por primera vez en el extranjero, sobre todo en los Estados Unidos, donde ese adminículo extrauterino fue ideado y comercializado por primera en 1920 bajo la marca Kotex.
Sin embargo, ya las esposas de los técnicos que contrataron las empresas petroleras extranjeras que se habían establecido en el Zulia, sobre todo las norteamericanas, inglesas y holandesas, trajeron dentro de sus equipajes no solamente las envidiadas medias de nylon, sino también esas novedosas toallas sanitarias de manera muy sigilosa pues, en esos tiempos, el tema de la menstruación era un verdadero mito, incluso entre las mismas representantes del gremio femenino.
Las toallas sanitarias en un principio no fueron de uso general para la población femenina de Maracaibo. Las mujeres más acomodadas eran las que tenían la oportunidad de utilizarlas con mayor frecuencia pues, como debían traerse del exterior, su costo resultaba oneroso. Esa razón impidió a las damas de la clase popular adquirir el producto desde su creación y aparición en el mercado, de modo que siguieron por un tiempo cortando telas viejas para conjurar los efectos de la “indeseada”.
Las toallas sanitarias eran enviadas con mayor frecuencia desde Nueva York por la firma Kotex. Los pedidos llegaban por el puerto de Maracaibo en paquetes de papel parafinado que contenían más de 20 unidades cada uno. Las toallas individualmente eran envueltas en una especie de seda artificial hecha con pulpa de papel y, por lo general, estaban impregnadas por una fragancia.
El que la “regla” fuera considerada en esos años un tema tabú, obligaba a los dueños de las boticas a no poner a la vista del público los empaques con las toallas sanitarias en los anaqueles como suele pasar actualmente. Los propietarios de abastos y pulperías tampoco se atrevían pues su interés era vender víveres y alguno que otro remedio casero de uso popular.
Debido al halo prejuicioso y victoriano que en esa época signaba a todo lo que tuviera que ver con el tema del sexo, a las toallas sanitarias se le daba casi el mismo tratamiento que recibía el condón, es decir, su función e imagen estaban regidos por un concepto ultraconservador del pudor, la moral y la sexualidad, hasta el extremo de que solamente se podía hablar de ambos en la más estricta intimidad.
Esos prejuicios comienzan a desaparecer a partir de la década de los años 1950, una vez que las dos marcas de mayor venta en el país, como fueron Kotex y Modess, aparecen por primera vez a la vista del público femenino y masculino en los anaqueles de los comisariatos que las empresas extranjeras petroleras habían creado para sus trabajadores, así como también en las incipientes redes de supermercados que afloraron en ese mismo período con el apoyo del capital foráneo.
Las boticas, que para esa misma época empiezan a llamarse Farmacias, aprovechan la desacralización moral de que era objeto la toalla sanitaria y empiezan a exhibir también el producto, esta vez “sin pudor”, en sus estantes. Los condones, en cambio, se siguieron vendiendo “bajo cuerda” en las farmacias y cuando no había muchos compradores en el mostrador.
Antes de que las mujeres maracaiberas conocieran las toallas sanitarias ya estaban usando otro producto que en principio tuvo serias reticencias porque se consideraba era para las “mujeres de la vida alegre”, no obstante, una vez que pasó el examen del rígido código moral de principios del siglo XX, se impuso con marcada intensidad. Se trata del esmalte para uñas Cutex, un invento creado en los Estados Unidos en 1916, y que al año siguiente de su aparición pusieron de moda en esta ciudad las damas de la alta sociedad que solían realizar viajes de placer a Norteamérica.
Lucir las uñas pintadas con laca acrílica era un lujo que solamente podían darse las mujeres de alta alcurnia de esos tiempos por el alto precio que tenían los frasquitos con el líquido, el cual era por supuesto importado. Contrariamente a lo que se cree, Cutex comenzó como pinta uñas y no como el removedor de esmalte que actualmente se conoce. Su transformación se produjo después de la gran depresión en Estados Unidos, es decir, luego de 1938.
Al aplicarse como laca para cubrir las corneas de los dedos de las mujeres, Cutex causó un furor inusitado en todo el mundo. La generación de féminas de aquel Maracaibo aún provinciano de 1920 no fue desde luego una excepción. Las más jóvenes, sobre todo, no dejaron pasar de lado la moda de lucir acicaladas sus manos con pinturas de distintos colores ante propios y extraños, y lo emplearon más como símbolo para alardear de sus status social, que como recurso para sentirse bella y transmitir glamour.
La generación masculina de esa época también se dejó arrastrar en aquellos años por las modas, y no nos referimos únicamente al uso de la ropa con los cortes y estilos del momento, sino que se sintió inclinada también al uso productos para dar una mejor apariencia personal, como era el caso de Glostora, la marca de una brillantina para engominar el cabello la cual tuvo entre sus más fieles exponente al cantante de tango Carlos Gardel.
En el caso venezolano uno de sus principales adeptos fue el fallecido presidente Rafael Caldera, quien hasta sus últimos días se dice que tenía entre sus efectos personales un envase de vidrio de la memorable brillantina.
Los maracaiberos de comienzos de la década de los años 20 del siglo pasado solían usar este ungüento piloso que brillaba en el día y en la noche para despertar la atención de las mujeres. Aunque en los primeros años de su aparición costaba mucho adquirirlo, Glostora pasó a ser, una vez que se convierte en una marca mundial, un producto de uso prácticamente popular debido a su bajo costo. Por esta democratización es que no era necesario tener a veces un envase en su casa para uso personal, ya que sólo bastaba con ir a unas de las peluquerías del centro de la ciudad y, luego de realizado el corte del cabello, le untaban al cliente la brillantina, si así era su deseo.
Glostora era la marca de mayor presencia en las perfumerías, boticas y abastos de la ciudad para impactar al sexo opuesto, sin embargo, a principios de los años 40 emerge inesperadamente un competidor que hace que se dividan prácticamente los militantes de las brillantinas. Este producto fue Brylcreem (que en el buen lenguaje maracaibero se pronuncia bilcrin), que impulsado por Colgate Palmolive, sus fabricantes de siempre, se metió de lleno en una generación de zulianos que prácticamente no salía a la calle, o asistía a una fiesta, sin llevar el cabello engominado y la frente del rostro lustrosa por esa vieja brillantina.
Vinicio Díaz Añez

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