El papá del cine en Suramérica

A finales de 1800, un osado y muy visionario marabino llamado Manuel Trujillo Durán negoció, nada más y nada menos que con Tomás Alva Edison, el llamado “Mago de Menlo Park”, fundador de la Empresa “General Electric” e inventor de la bombilla incandescente, del fonógrafo y del dictáfono entre muchísimas novedades, la compra de un Vitascopio, aparatoso y pesado precedente de lo que hoy conocemos como un proyector de cine, para transportarlo a Suramérica.

Pero el detalle es que el Vitascopio, invento también de Alva Edison,  llegó, luego de la transacción, al Puerto de Maracaibo, antes que a cualquier ciudad de nuestra América Sureña. Simple y directo: El cine no llegó primero a Rio de Janeiro, a Caracas o a Buenos Aires, las grandes ciudades para la época. Llegó primero a Maracaibo.

Nuestra capital se daría el lujo, el tupé, el gusto y la osadía, solo un año después de la llegada del cine,  de la mano de los hermanos Lumiere, en Francia, de ver las primeras imágenes en movimiento de la incipiente industria.

Ese esfuerzo se lo debemos a Manuel Trujillo Durán, emprendedor joven que en 1897 proyectó en el Teatro Baralt sus primeros cortos, dando inicio a la historia del cine en nuestro país: “Muchachas Bañándose en la Laguna de Maracaibo” y “Un Especialista Sacando Muelas en el Gran Hotel Europa”, convertirían a este joven maracucho flaco, serio y bigotudo en pionero de la industria cinematográfica suramericana.

Imaginar los ojos de alegría y satisfacción  de Trujillo Durán ver llegar al Puerto de Maracaibo el vapor donde llegaría el Vitascopio, hace pensar, hace reflexionar, en torno al empuje y arrojo de la naturaleza del  zuliano. Por eso, Trujillo Durán es una joya entre nuestros pioneros. Imaginar, como estaría de repleto el viejo Teatro Baralt en esa fecha histórica, la noche del 28 de enero de 1897, con un público expectante, damas ataviadas a la usanza de la época y caballeros de traje cerrado,  es dejar volar nuestra creatividad y constatar que lo que en esta tierra nos proponemos, lo logramos.

Trabajo la fotografía junto a su hermano Guillermo y mostró su arte en notas de prensa que  fueron reproducidas en las revistas  El Zulia Ilustrado, de Maracaibo y El  Cojo Ilustrado, de Caracas. Alternó sus quehaceres dentro de la industria del séptimo arte con su estudio fotográfico, y no hubo zuliano o zuliana, cualquiera que fuera su clase social, profesión, edad o raza que no posara ante sus inmensos flashes y sus ornamentadas escenografías.

Inquieto, acucioso y brillante, introdujo en Maracaibo una serie de innovaciones tecnológicas que lo convirtieron en pionero: además del cinematógrafo, y de su estudio de fotografía, inventó una máquina para construir hojalata, diseñó un equipo de astronomía, construyo un teatro y otras novedades que lo transformaron en un hombre indispensable para la sociedad de su tiempo.

La muerte de Manuel se produjo el 14 de marzo de 1933, cuando contaba apenas 62 años de edad. Reseña la prensa de la época, en un estilo rebuscado que “un aciago ósculo al cañón de su propia pistola descerrajó el alma de don Manuel”. En otras palabras, dispuso el mismo de su prolífica existencia, suicidándose.   La nota periodística de la época nos contó que su sepelio llenó las calles de Maracaibo, acongojada por la insólita partida de su querido artista e inventor.

Carlos Montiel Franco

Noticia al Día

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