El cine gringo rinde homenaje a Maracaibo

Me imagino el estreno de la película “Maracaibo”, en nuestra ciudad. Debió haber sido un suceso en 1958, en una ciudad que se esmeraba por imitar lo que hacían las grandes urbes norteamericanas, sin importarle mucho que no estuviese ubicada en territorio gringo. Era la época de las trasnacionales y su influencia en nuestra tierra era directa y avasallante. Media ciudad, para ese año, y desde mucho tiempo atrás, palabras más, palabras menos era un campo petrolero.

Maracaibo, y su lago se volvieron, a partir de la explotación petrolera en el desiderátum de la mayoría de las empresas energéticas del mundo. Era, uno de los lomitos más apetecibles del orbe y no en balde las más importantes estaban acá: Shell, Creole, Gulf, por solo nombrar algunas, que hicieron de esta ciudad un hibrido extraño e inusual, en una época en que Venezuela retomaba sus valores folklóricos y autóctonos, -Juan Liscano y sus investigaciones de nuestra idiosincrasia de por medio-  La capital zuliana seguía siendo mitad gringa, mitad venezolana, diferente a cualquier otra ciudad de Venezuela, para esa época.

Agringada, cómoda, civilizada, con facilidades y productos extranjeros, con modismos, moda, y una marcada imitación al “American Way Of Life”,  Maracaibo se convirtió en referencia internacional como sitio idóneo para radicar vidas y trabajos, generándose, de esta forma un proceso de transculturización. Lo más notorio de todo este asunto es que el maracucho disfrutaba a pleno el hecho de sentirse así, cosmopolita, acostumbrado a ver extranjeros por doquier, a afinar el oído, a escuchar otras lenguas, a tener acceso a productos y servicios de la unión. Entonces, nada de raro tenía, ver o escuchar,  en el mercado principal, actualmente, el Centro de Artes Lía Bermúdez,  a una matrona de New Hampshire  preguntándole al vendedor del mercado principal, “How Much esa Gallina Sir?”

Así las cosas, en esta pequeña pero cómoda Maracaibo de 1958, pacífica, agringada, importantísima en el mapa internacional de producción petrolera y pre-OPEP, fresca y arborizada, pero enclavada en territorio seco, culebrero  e inhóspito y con un lago repleto de aventuras y riquezas, donde se podía conseguir, antes que en el resto de Venezuela una Cocacola bien fría, importada por los comisariatos, solo para el consumo de los extranjeros, y plena de historias, anécdotas y referencias mundiales, se le habría ocurrido a Stirling Silliphant, el novelista y guionista norteamericano top de la época, autor de las laureadas y famosas “Al Calor De La Noche” y “Ruta 66”, escribir una historia, al parecer un tanto rebuscada, que refiriera a la realidad petrolera de nuestra ciudad y región para ese año.

Y así surgió, de la creativa mente de Silliphant, y supongo que de tanto leer acerca del maná que acá nacía, la película “Maracaibo”, historia de una población selvática, donde prosperaba el negocio petrolero, con personajes principales absolutamente catiritos, donde se refería la exótica historia del ingeniero petrolero experto en incendios de pozos, sus acciones heróicas y sus relaciones con gringitas expatriadas por Shell o Gulf, trabajando en la ciudad, donde los caracteres vernáculos eran mera referencia o estaban incluidos en la trama como elementos para divertir, a manera de subtrama.

Así pues las cosas, la película, que prometía ser una taquillera combinación de exotismo, amores furtivos offshore, actores relativamente importantes para la época: Cornel Wilde, Jean Wallace, Abbe Lane, Francis Lederer y hasta un jovencísimo Michael Landon, protagonista años después de series  televisivas como “Bonanza” y “La Pequeña Casa de La Pradera”, relaciones softcore y mucha acción y desastres,  devino en una películita tipo “B”, clasificación poco honrosa que el mercado norteamericano le endilga a las producciones poco  interesantes, con fallas de taquilla de guion, de dirección o de actuaciones.

Ni siquiera su llamativa publicidad “Just a Drum Beat Away From the Savage Jungle…A Billion Dolar Lake of Oil Explodes in Flames!, Maracaibo, The Movie” (“A solo un tambor de la salvaje jungla, un lago de un billón de dólares explota en llamas”, Maracaibo, La Película)  pudo captar aficionados. Llamar la atención. Esta vez, a diferencia de la muy culta “Al Calor de La Noche” Stilliphant no lo logró.

Empero, imagino que el estreno en 1958 en Maracaibo, de la película “Maracaibo” sería un suceso. Mala y todo, como quieran, los habitantes de esta ciudad la habrían visto con fruición. Porque si algo es cierto es que los gringos, no hicieron una película llamada “Barinas” o “Coro”, o “Caracas”. Hicieron una llamada “Maracaibo” y ese simple hecho enorgullece a los que la vieron y a los que en esta ciudad nacieron. Los homenaje a la ciudad y a nuestro petróleo, aunque sea en  una película de segunda categoría siempre son bien recibidos.

En algún lugar de Theodora Productions, productora que supongo quedará en Los Ángeles, si es que existe todavía, deben permanecer, polvorientos, en algún rincón, los rollos de “Maracaibo, The Movie”. Bueno sería recuperarla, restaurarla  y exhibirla para las nuevas generaciones. Tareíta para las autoridades de turno. Los buenos recuerdos nunca están de más.

Carlos Montiel Franco

Noticia al Día

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