El autocine

¿Cuántas historias, cuántos encuentros furtivos, cuántos amores nacieron y concluyeron en el Autocine de El Milagro? Dicen que cuando la brisa del Lago de Maracaibo, esa que viene del Golfo,  llegaba, algo mágico parecía ocurrir.

Según la Edición Aniversaria del desaparecido diario “La Columna”,  cuando este tabloide arribó al segundo aniversario de su reapertura, en 1990, titulada “Toda Maracaibo”, que el Autocine de El Milagro era “la invitación de moda de las parejas de novios maracuchos de las décadas de los ¨60 y ¨70, dentro de los automóviles, disfrutando al aire libre de las esplendidas noches de Maracaibo, con sus intempestivas lluvias y sus calores sofocantes”.

El “Autocar”, como también se le llamaba al sitio,  estaba emplazado justo donde se ubica la entrada principal de la Vereda del Lago. Todavía, la pantalla del Autocine se mantiene en pie, como nostálgico recuerdo de todas las vivencias que allí se dieron. Al menos, se le dio una nueva utilidad al recuerdo: hoy en día es aprovechado para señalizar la entrada a nuestro parque metropolitano.

Además de exhibir las películas de moda para la época, los propietarios del Autocine se esmeraban en presentar obras de terror, la cuales resultaban  perfectas para que los novios pudiesen abrazar en la oscuridad de sus vehículos a sus atemorizadas prometidas. Dice un entrevistado, carcajada de por medio y que prefirió el anonimato, que la temporada cuando exhibieron “La Noche de Los Muertos Vivientes”, de George A. Romero, los jóvenes maracuchos asistían en masa al Autocar con la única intención de aprovechar para tocar a las maracuchitas un poquito más allá de la cuenta.

Tocar un poquito más allá de la cuenta estaba bien, sin embargo, actos carnales más pasados de tono, estaban total y absolutamente prohibidos. Había entre el personal del Autocine tres empleados que cada 20 minutos (o menos, según lo que refiere el anónimo testigo) hacían rondas entre los Ford Falcon, los Chevy Belaire y los Mustangs Shelby estacionados en la explanada, linterna en mano, verificando todos y cada uno de los interiores de los vehículos, en prevención de cualquier guachafita indebida.

Otro detalle interesante del Autocine de El Milagro eran las opciones para comer. Un menú absolutamente gringo: hamburguesas, perros calientes, papitas fritas,  Coca-Cola y merengadas era la oferta culinaria básica. Personal femenino se encargaba de llevar el condumio al vehículo y bandejita de aluminio con el logotipo del establecimiento, adosada a la puerta del carro o camioneta, los espectadores comían mientras lloraban viendo “Como Éramos” o comían mientras reían viendo “La Fiesta Inolvidable”.

Las obras de remoción de tierras de los que sería la Vereda del Lago, a mediados de los años setenta, más la pérdida de interés en los Autocines, –moda que pasa-, decretaron el cierre de este enclave de sueños, de películas al aire libre, de hamburguesas con mucho kétchup y de encuentros juveniles,  un poquito más allá de lo permitido. El signo de los tiempos, a veces da al traste con lugares maravillosos,  como lo fue el Autocine de El Milagro.

Carlos Montiel Franco

Fotos: Stevens Novsak

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