El canal de televisión Discovery presenta regularmente la serie “Sobreviví”, en el que se muestran historias de personas, quienes en diferentes escenarios geográficos y topográficos han sufrido experiencias difíciles, donde la diferencia entre la vida y la muerte es tan ancha como el de un hilo de costura. Algunos de los protagonistas perecen en el intento, mientras que otros, viven para contarla, pudiendo expresar que, a pesar de de todo lo que pasaron, están vivos, sobrevivieron.
Sobre la vida de un creyente hay dos vertientes, una que presenta el ejercicio de la fe como un oasis en el que no hay dificultades, yo lo llamo el cristianismo “Faci-listas de Kraft”. El otro lado, bíblico, muestra el costo del discipulado, en la que la vida de un creyente es revelado con toda su realidad en la que hay momentos de triunfo en Cristo, pero también tiempos difíciles, conflictivos, con duras pruebas.
La realidad es que en la vida de un creyente es indispensable tener y aprender el Manual Divino para sobrevivir, es decir, para mantenerse fieles al camino que el Señor ha trazado en la Palabra de Verdad. Este enfoque requiere responder a dos interrogantes: ¿Cómo mantenernos y estar en pie? ¿Cómo perseverar hasta el final para salvación?
El evangelio de Lucas nos trae la respuesta del Señor que vamos a resumir en una oración: Siendo discípulos que confían, no en sus propias fuerzas, sino en Cristo que es el Señor y Cabeza de la Iglesia.
Cristo, no nosotros, es la primera prioridad. Lucas 14:25-27
Lucas 14: 25 Grandes multitudes seguían a Jesús, y él se volvió y les dijo:
Como en todos los tiempos la gente quiere seguir a un líder movida por las emociones, tradiciones y hasta la moda. En aquel momento, había multitudes de personas que, coincidieron con el Señor, en el camino a Jerusalén para celebrar la pascua, le escucharon y le seguían.
El Señor les habló claro, marcó las diferencias entre la vida religiosa de costumbre, de legalismos, de obras con el costo de ser un discípulo suyo. Un verdadero discípulo debe estar centrado en el Maestro. Es Cristo, no nuestros propios intereses, quien tiene el primer lugar: Lucas 14:26 «Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
Jesús no está diciendo que debemos renunciar a cumplir el mandamiento de amar y obedecer a nuestros padres para ser verdaderos creyentes. Tampoco exceptúa a los matrimonios de cumplir sus responsabilidades como líderes en la familia, para poder ejercer el discipulado.
Conforme al texto de San Lucas, para sobrevivir en la vida cristiana sin perecer en el intento, Cristo debe tener el primer lugar en todo y, con su ayuda, seremos buenos padres e hijos, con su auxilio podemos ser responsables en el sostenimiento de la familia. Es por medio de Jesús que somos discípulos de Él.
El discipulado no es lo que hacemos para Cristo, es lo que Cristo hace por nosotros. Como dice San Pablo: “Ya no vivo yo sino es Cristo quien vive en mi”
El otro aspecto es lo que el Señor señala: Lucas 14: 27 Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
Creemos, Enseñamos y Confesamos que Jesús cargó la cruz, llevó nuestros pecados por nosotros. ¿Cómo es que para ser su discípulo debo cargar mi cruz?
La interpretación correcta no es que mis obras completan la obra de Cristo. Llevar la cruz implica que la vida cristiana no es una ganga de “Traky”, sino que en este mundo vamos a tener dificultades, aflicciones, pruebas y tentaciones. A veces vamos a flaquear, sobre todo cuando somos nosotros los que tomamos el control. La lección es que un discípulo “echará sobre Cristo todas sus cargas” y dejará que el Señor las lleve, nos ayude y aliente por su Palabra, para probar que es ligero y liviano estar bajo su yugo.
Como creyentes y discípulos del Señor, vamos a enfrentar problemas, algunos hasta pierden su vida a causa de su fidelidad al evangelio. Es probable que en nuestras familias encontremos obstáculos, en el trabajo, en la escuela. Frente a ellos hay que estar fieles, desechando todo lo que signifique un obstáculo para ser fieles, sin olvidar que nuestra competencia y fidelidad no es producida por nosotros, sino que Dios está de nuestro lado, siempre y cuando nuestra mirada esté fija y dependa de Él, contando con su gracia.
Es Cristo, no nosotros, quien hace la obra. Lucas 14: 28-30
Algunas personas, predicadores o no, anuncian la vida cristiana, en testimonios o relatos, como si formara parte de su propia acción, eso incluye conseguir algo a través de promesas o penitencias, como la historia vieja de un hombre en Maracaibo, quien para conseguir el favor de Dios prometió irse caminando desde El Saladillo hasta Caracas, no es complicado decir que al final de esa odisea terminó extenuado, pero no se puede afirmar que haya logrado el favor de Dios por su larga caminata.
Mirando la Biblia, el Manual de Supervivencia espiritual, lo que extraemos es que todo lo que un creyente hace no es para satisfacer su orgullo personal y decir “Soy un discípulo de Cristo”. Todo lo contrario, lo que hacemos como hijos de Dios es para edificar una torre testimonial para la Honra y Gloria de Dios, no para la vanagloria humana.
Nuestro Señor explica el concepto. Lucas 14: 28 »Supongamos que alguno de ustedes quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo, para ver si tiene suficiente dinero para terminarla?
Veamos la vida cristiana como un proyecto, en la que se hace imprescindible analizar costos y la formulación de objetivos y metas, con proyecciones de dividendos. Para esto debemos hacer es una auditoría. ¿Qué tenemos y qué somos? Tenemos una vida espiritualmente muerta en delitos y pecados. Por muy grande que sea nuestros esfuerzos jamás, por nuestros propios méritos, podemos ganar el favor de Dios ni la perfección que Él exige para ser realmente sus discípulos. Si miramos con nuestros ojos, encontraremos más razones para no hacerlo, que motivaciones para realizar la tarea.
Insistir en depender y confiar en nuestras propias fuerzas es quitar la mirada de Cristo, es sostener que lo podemos hacer sin la intervención de Dios o, peor aún, asegurar que podemos “darle una manito” a Dios, con lo que desestimamos los medios que el Señor ofrece para darnos la salvación y la perseverancia en la fe. ¿Qué pasará? Todos se acabará, las cosas quedaran a mitad de camino y la burla, al ver nuestro fracaso se hará presente. Lucas 14: 29 Si echa los cimientos y no puede terminarla, todos los que la vean comenzarán a burlarse de él, 30 y dirán: “Este hombre ya no pudo terminar lo que comenzó a construir.”
Pero si la mirada está puesta en Jesús, el Señor y Cabeza de la Iglesia, el autor y consumador de la fe, sabemos que es Él y no nosotros quien hará la obra. Con su ayuda, bajo su voluntad y guía, saldremos airosos.
Es Cristo, no nosotros, quien vence todos los enemigos. Lucas 14:31-33
Lucas 14:31 »O supongamos que un rey está a punto de ir a la guerra contra otro rey. ¿Acaso no se sienta primero a calcular si con diez mil hombres puede enfrentarse al que viene contra él con veinte mil?
Desde niños, en el catecismo escuchamos que son tres los enemigos de los creyentes: El demonio, con sus príncipes, gobernadores, huestes espirituales de maldad. El mundo con sus deseos atractivos. La carme, el viejo adán que mantiene una lucha con el hombre nuevo que reside en nosotros. Estos son los 20 mil soldados que vienen contra nosotros.
¿Por qué somos la mitad? ¿Por qué apenas 10 mil? La verdad es que somos débiles, pecadores e incapaces para vencer a esos tres enemigos. San Pablo expresa: “Encuentro una ley en mis miembros que me lleva cautivo al pecado”.
Si seguimos el consejo humano, ajeno al Manual de Dios para la supervivencia, tendremos que Lucas 14: 32 Si no puede, enviará una delegación mientras el otro está todavía lejos, para pedir condiciones de paz. En una palabra: Rendirnos o capitular.
El manual de Dios nos señala a la expresión inspirada a San Pablo: “Gracias doy a Dios por Jesucristo”. El Señor nos solamente me motiva a “Pelear la buena batalla de la fe”, sino que nos equipa con su armadura, con su espada, con su coraza de justicia, con el calzado del evangelio.
El Señor indica que para tener esta ayuda es determinante que Lucas 14: 33 De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo. Renunciar a todo es reconocer nuestra debilidad para que el poder de Cristo se perfeccione, es dejar que Él tenga el control total. Esta es la razón por la cual la Iglesia de Dios se mantiene y ni las puertas del infierno han podido vencerla, porque no es nuestra Iglesia, nuestro trabajo, ni nuestros bienes. Es la Iglesia de Cristo y nuestra mirada, nuestra confianza está en Él.
En el camino espiritual y personal encontraremos siempre problemas, muchas dificultades, basta con ir al mercado, intentar comprar un carro, observar la conducta de nuestros hijos, escuchar nuestras angustias o la de la gente en temas que van desde la inflación hasta el clima de inseguridad. Eso en términos materiales. En el plano espiritual, hace algunos años escuché a un pastor decir que el mundo está lleno de pecadores, eso es verdad, pero agregó, entre ellos hay un gran frente de creyentes en retirada, de gente que conoce la palabra, pero cayó de la gracia o está apartado.
Miremos esa cruda realidad con el Manual de Dios grabado en nuestros corazones, entonces lo vamos a interpretar no como un motivo para deslizarse de la fe, sino como el desafío que Dios nos hace. No para que luchemos, sino para que seamos testigos de su batalla y su victoria, una victoria que Jesús logró por toda la humanidad, para todos nosotros en la muerte de Cruz y en su gloriosa resurrección. Ese el centro de una buena noticia para toda la humanidad.
El corolario del Manual del Señor, que es Su inerrable Palabra, nos instruye a permitir que sea Cristo nuestra primera prioridad. A tener presente siempre que es su obra y no la nuestra. Alimentándonos los unos a los otros diciendo: Tengo los ojos puestos en Jesús. Él derrotó a todos nuestros enemigos. Por Él somos vencedores.
Mediante la fe, por la gracia divina, hemos sido hechos discípulos de Jesús, soldados de Jesús, hijos de Dios, equipados por el Señor para ser testigos de la obra que Él ha hecho en nuestras vidas y está listo para actuar en la suya. Para Jesús sea la Honra, Gloria y Majestad. Amén.
Rev. P. Germán Novelli